En los últimos días ha sonado este Manifiesto de unas pocas páginas que su autor, que a sus 93 años de edad se ha convertido en el último integrante vivo de la comisión que redactó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, publicó en octubre del año 2010 y que con el paso de los meses y la situación social y laboral en la que nos encontramos ha acabado siendo editado en nuestro país, amén de correr como la pólvora por diferentes blogs y páginas webs, donde es fácil descargarse una traducción al español.
Nacido en Berlín, Hessel no sólo sobrevivió a un campo de concentración –el de Buchenwald, concretamente, cerca de Weimar- sino que su activismo en la resistencia francesa le valió luego la posibilidad de convertirse en pieza clave política y diplomática para la ingente tarea de reconstrucción que sobrevino después.
Centrándonos en el manuscrito titulado Indignaos y con un cierto toque de nostalgia, el autor hace memoria de los ideales que sostuvieron al Consejo Nacional de la Resistencia y que luego se convirtieron en los valores de la democracia que hoy conocemos. La Seguridad Social, el derecho a la educación, el interés general sobre el particular, las pensiones para ancianos e impelidos, la libertad e independencia de la prensa…
Cuesta leer estos primeros párrafos y no derramar una lágrima, viendo en todo lo que han quedado esas grandes ideas. Hessel divide su escrito con una serie de títulos, para enumerar y ordenar sus pensamientos y exponerlas de la forma más clara posible. La conclusión clara es que el motivo de la resistencia es la indignación y hoy en día hay muchas cosas por las que indignarse: la política y los bancos esclavos del poder y del dinero o el increíble abismo creciente entre los más pobres y los más ricos. Una idea de lo más interesante en esta parte es que cuando algo nos indigna, nos volvemos militantes, fuertes y comprometidos.
Se resalta también la dificultad a la hora de esclarecer quiénes son los responsables y cómo se les puede hacer frente. Hessel destaca a la indiferencia como la peor de las actitudes y señala dos grandes desafíos: la pobreza y ese contraste con los ricos; y los derechos del hombre junto con el estado del planeta. La realidad es que hoy en día es fácil, si no se vuelve la mirada, encontrar diversas situaciones en las que la indignación es la única respuesta y reta a los jóvenes a buscar dichos temas para comenzar una acción ciudadana.
La siguiente idea es sobre Palestina, siendo una de sus principales indignaciones en la actualidad, no que le lleva a acabar su escrito con la idea de la no-violencia y la insurrección pacífica como únicas respuestas posibles, ya que lo contrario es, además de inmoral, ineficaz. No deja de lado la crítica al estilo de vida actual en el que siempre se quiere más y donde lo único importante es la producción y advierte del retroceso en estos aspectos que ha sufrido el mundo moderno en especial en los primeros años del siglo XXI.
Aunque viene muy bien releer este tipo de alegatos de vez en cuando, sobre todo para no olvidar de dónde venimos y en qué nos hemos convertido, al final resulta algo insuficiente y se echa de menos mayor extensión y profundización en las ideas que se vierten en él. De todas formas se trata de unas pocas páginas y no de un ensayo extenso y como tal no sólo se lee en un santiamén, sino que es de lo más interesante para el lector. Se agradece que este tipo de iniciativa haya tenido tanto ñexito en el país vecino. Esperemos que aquí tenga tanto o más calado entre la población. Como dice el propio Hessel al final de su escrito: Crear es resistir, resistir es crear.

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