Final y telón. Aquí acaba uno de los proyectos más ambiciosos de la historia reciente del comic-book norteamericano. Aunque las ambiciones del escritor eran demasiado altas y se ha probado que su objetivo se encontraba fuera de su alcance, eso no le ha impedido intentarlo, dejando para los lectores una de las historias más interesantes del panorama, así como complicada de acceder y entender e incluso de seguir en algunos números. Eso aporta un cierto valor de originalidad, aunque en su mayoría se trate de una batidora gigantesca de multitud de conceptos ya vistos; una visión muy personal de la sociedad y de los males que la aquejan, representados principalmente en la falta de libertad –creativa, imaginativa, de la mente-; una historia de acción, humor negro y horror, sin duda las partes más entretenidas y un todo final difícil de abarcar en toda su extensión que exige una revisión periódica y una relectura cada cierto tiempo para profundizar en la cantidad ingente de ideas vertidas en su realización.
No nos encontramos ante un cómic perfecto, ni siquiera redondo, ya que es cierto que Morrison se pierde innumerables veces y cede ante el contenido, dejando de lado el continente, de forma que al lector no le queda nunca claro qué es lo que está ocurriendo. La parte artística ha sido llevada a cabo por un número demasiado alto de dibujantes que han aportado su visión, pero que no ha contribuido a darle una uniformidad gráfica a la serie, algo que sin duda se echa en falta.
Aún así, nos queda un final interesante: 12 números que componen el Volumen Tres de la serie americana The Invisibles y que, para complicar más las cosas, se numeran de forma regresiva. Es decir, del 12 al 1. Como único elemento continuista –además de su guionista- repiten Daniel Vozzo en el color y Brian Bolland en las portadas, encargándose de los interiores una cantidad ingente de dibujantes.
Como final de historia y culmen de toda la serie, tengo que reconocer que me ha decepcionado, si bien el tomo parecía que empezaba con cierta tensión y gracia. Morrison hace uso de cas todos los personajes que ha ido inventando a lo largo de sus años al frente de la colección y no contento con ello a introduciendo otros nuevos que jugarán su papel en el enfrentamiento definitivo entre los dos antagonistas: Los Invisibles y La Iglesia Exterior. A los que hay que sumar los integrantes de la División X, grupo que se encarga de lo paranormal y lo raro en Inglaterra, adonde vuelve la acción de las tramas principales.
En la primera parte de esta aventura, titulada Tormenta Satánica, tenemos a Philip Bond y a Warren Pleece a los lápices. Aquí Morrison comienza a mover los hilos y a situar las piezas en el tablero para el enfrentamiento definitivo. Como es usual en él, va contando en paralelo diferentes historias protagonizadas por varios miembros, de modo que además de Londres viajamos a la India o a África. No está nada mal, va tomándose su tiempo el guionista para que nos familiaricemos con los personajes nuevos, en especial los integrantes de la División X y va preparando a Los Invisibles para lo que se les viene encima.
En la segunda fase de este complicado plan, Sean Phillips se encarga de los cuatro números que componen la siguiente saga, Karmagedón, donde vemos como aparecen algunos personajes que hacía tiempo que no veíamos. Morrison empieza a ir atando cabos poco a poco, mientras va avanzando hacia la resolución final, titulada El Reino Invisible.
Este último enfrentamiento no está mal, pero participan tantos dibujantes distintos que hasta molesta ver páginas tan diferentes. El caso es que, aunque en sí mismo no está mal, no puedo dejar de lado la sensación de que para este viaje no hacían falta estas alforjas. Todo me conecta muy bien con la primera parte de la colección, pero el paréntesis americano me cuesta relacionarlo y se me antoja innecesario.
El último número de la colección, el número Uno, está dibujado por Frank Quitely, gran amigo de Morrison y una de sus mejores parejas creativas. Su arte, como siempre, rompedor y de gran calidad, pero he de reconocer que no he entendido casi nada de este número, de este Epílogo.
Al final el camino hasta aquí se me ha hecho largo y he llegado cansado y aunque es una serie a recomendar para mentes inquietas –importante su lectura en tomos, en números individuales debe de ser imposible enterarse de nada- no es ni mucho menos una obra maestra, ya que no es disfrutable por todo el mundo. Demasiado complicada a veces, destaco de ella la cantidad de ideas de Morrison interesantes, aunque luego estas no se desarrollen adecuadamente y la posibilidad de relectura que tiene, donde sin duda se apreciarán cosas nuevas y se hallarán nuevos sentidos a la misma. Demasiada ambición por parte del guionista, que quizás si hubiese optado por una trama más autocontenida –como hizo en El Asco- la cosa le habría salido mejor.
Lo que no se puede negar es el arte del guionista y su dedicación a esta serie, su serie y por la que será recordado. Su obra más personal, su obra maestra, como se suele decir. Ha sido un largo camino y ha merecido la pena. Esperemos que el guionista siga desarrollando proyectos propios alejado de la maquinaria superheroica de DC.





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