Con la publicación de esta novela en 2000 su autor se reconciliaba con sus lectores más fieles tras unos pocos libros en los que no había conseguido captar sus elogios, ni los de la crítica tampoco. Además, contribuía a un curioso subgénero que puede hallarse dentro de la novela iberoamericana, el de los dictadores, al que han aportado algún título buena parte de sus representantes más importantes.
En el caso que nos ocupa, el ganador del Premio Nobel de Literatura en 2010 se centra en la dictadura de más de tres décadas del general Trujillo en República Dominicana. Para ello hace uso de un recurso narrativo en el que hasta tres tramas se van contando en paralelo, alternando los capítulos.
La primera de ellas tiene como protagonista a Uranita Cabral, una mujer ya madura que en el año 1996 vuelve por primera vez a Santo Domingo desde los últimos días de la dictadura, tras estudiar en el extranjero y haberse construido una vida dedicada al derecho internacional en la ciudad de Nueva York. Sus intenciones, algo confusas, tienen que ver con visitar a su padre enfermo, ya casi moribundo. El encuentro fortuito con algunas familiares a las que hacía años que no veía dispara sus recuerdos ante la obligación de dar explicaciones. ¿Por qué se fue tan de repente? ¿Cómo es que nunca ha querido tener el más mínimo contacto con su familia en todos estos años? Ni una carta, ni una llamada de teléfono; absolutamente nada.
Las otras dos tramas se desarrollan en torno a una fecha concreta: el 30 de mayo de 1961, el día que es asesinado a tiros el dictador. Una está protagonizada por el propio Rafael Trujillo, mientras que la otra tiene a los conspiradores en su centro, a aquellos que dieron el golpe de gracia contra el régimen trujillista.
Vargas Llosa hace un uso extraordinario de los tiempos de la narración, así como del poder evocador de los recuerdos de los principales personajes, para pintar un fresco histórico de la situación de la República Dominicana durante la larga dictadura que sufrió. A través de los ojos de Urania, hija de un alto cargo del gobierno de Trujillo, hombre de confianza del dictador en sus primeros años y ya caído en desgracia en el momento en el que trascurre la novela, tenemos un vistazo de los grandes cambios que ha sufrido la capital de Santo Domingo, así como la percepción de alguno de sus habitantes -en una trama donde se pone de manifiesto de forma evidente el machismo de la sociedad, histórico y actual, y el difícil papel de muchas de las mujeres que tuvieron que vivirlo en primera persona-. En ese último día de su vida, Rafael Trujillo despacha sus asuntos de estado, se va entrevistando con varios de los hombres más importantes de su gobierno, y recuerda sus lugares de procedencia, así como su propio origen, para ir trazando una especie de historia de la dictadura con el propósito de que el lector conozca el papel concreto que desempeñaron muchos de los nombres que en ella participaron -como en toda novela histórica que se precie, la ficción complementa a la realidad en una mezcla apropiada de personajes reales e inventados-, así como las relaciones políticas internacionales que establecieron tanto con sus países más cercanos como con grandes potencias como los Estados Unidos o la iglesia católica.
Finalmente, la tercera línea argumental da voz y pensamiento a los cuatro conspiradores principales que acabaron asesinando al dictador. Es a través de su experiencia vital, que recuerdan mientras esperan pacientemente durante la noche a que se presente la tan deseada oportunidad -un traslado en coche-, que se ofrece al lector otro punto de vista fundamental de la dictadura: el de los más reprimidos, el de aquellos que han sufrido afrentas tales que solo la venganza es admisible -como todas las dictaduras, la de Trujillo es cruenta, inmisericorde y corrupta hasta las trancas-.
Más allá de la hábil mezcla entre realidad y ficción, o el juego de los tiempos del que hace gala Vargas Llosa -la primera trama tiene lugar en unos pocos días; a Trujillo lo conocemos en su último día y los cuatro asesinos narran sus peripecias vitales en apenas unas horas; una vez se ha consumado el acto principal la novela entra en un periodo donde el tiempo se alarga, ya que su autor elije narrar el plan de Joaquín Balaguer, hábil político, presidente títere de la República Dominica en tiempos de Trujillo, para instaurar los primeros intentos de democracia con él al frente-; La fiesta del Chivo, título sacado de un merengue que festeja precisamente la muerte del generalísimo, es una novela absorbente en todas sus tramas, de forma que el lector siente igual curiosidad por los pormenores que rodearon al asesinato de Trujillo como por el secreto que Urania esconde desde hace décadas. ¿Qué fue lo que falló en la seguridad de Trujillo que permitió su emboscada? ¿Cuántos miembros de su gobierno estaban implicados? ¿Cuáles son las razones de los conspiradores para jugarse no solo su vida, sino también las de sus familias, en un intento desesperado de acabar con la dictadura? ¿Y qué consecuencias tendrá dicha acción? ¿Acabará volviendo la democracia al país de República Dominicana? ¿Por qué Urania no ha dado señales de vida, rompiendo todo tipo de relación con su familia desde que era una niña?
Estas y otras preguntas
mantendrán en vilo al lector, que disfrutará enormemente de una de las mejores
novelas recientes de su autor -su siguiente título publicado, El Paraíso en la otra esquina, comparte
algunos rasgos de estilo con La fiesta del Chivo, como el protagonismo
femenino, la narración en paralelo de dos hechos diferentes mientras van
alternándose los capítulos o tramas centrales que transcurren lejos del Perú,
donde Vargas Llosa ha ambientado buena parte de sus trabajos-.

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