lunes, 16 de mayo de 2011

Midnight in Paris, de Woody Allen


La última película de Allen acaba de inaugurar el Festival de Cannes de este año con toda la razón, ya que desde sus primeros minutos musicales se nota la intención de ofrecer, al mismo tiempo que una historia tan personal como lo son todas las suyas, una postal envidiable de la capital francesa. Aun así Allen se las ingenia para transportar al espectador no sólo a la París actual, repleta de luz, turistas y arte; sino a la París idealizada del protagonista en plenos años 20, poblada por los más curiosos personajes, genios todos ellos y sin ni siquiera saberlo.

Gil (Owen Wilson) es un guionista de Hollywood aspirante a escritor, atascado con su primera novela, que se encuentra en la Ciudad de las Luces junto con su prometida Inez (Raquel McAdams; Sherlock Holmes, Más alládel tiempo). Allen –que guioniza y dirige- no se resiste a dotar a sus personajes de nuevo de sus obsesiones más viejas: de ese modo Gil, fantásticamente caracterizado por Wilson, sin duda la sorpresa de la película; interpreta muy bien a una nueva versión del propio Allen –como ya lo hiciera Larry David en Si la cosa funciona- algo ingenua, culta, pero al mismo tiempo perdido en su vida, deseando profundamente un cambio y añorando una época pasada que considera mejor, en este caso los años 20 parisinos, donde sus ídolos literarios habitaban los cafés y calles de la ciudad.

También destacan la prometida algo superficial, los suegros elitistas y de derechas –uno de ellos es Kurt Fuller, secundario de lujo en Supernatural como el ángel Zacharias-; o el amigo pedante –me encanta este personaje recurrente de Allen, que parece saberlo todo y no hace nada más que hablar y hablar sobre diferentes temas, incluso aunque para ello tenga que llevarle la contraria a una guía turística profesional, papel interpretado por Carla Bruni, totalmente anecdótico y sin duda otra concesión a los productores y la proyección internacional de la película-.

Pero el auténtico leit-motiv de la película no es la historia romántica, sencilla y hasta previsible; ni la ciudad de París, ya que en esto hay que alabar la simpleza con la que rueda Allen; sino la continua sucesión de personajes famosos históricos, algunos de ellos interpretados por caras conocidas. De ese modo son muchos los actores que se reparten el metraje, ya que Allen va situando las diversas apariciones cada poco tiempo para mantener el interés del espectador, que se ríe cada vez que tenemos a un nuevo genio en pantalla compartiendo inquietudes con el protagonista. No estamos ante una comedia pura y dura, pese a que tiene algunas secuencias muy bien logradas, la mejor de ellas la que envuelve a los españoles Buñuel y Dalí –un genial Adrien Brody y sus rinocerontes-. No tendremos dificultad para reconocer a Hemingway, a F. S. Fitzgerald (Tom Hiddleston, Loki en la reciente película Thor) o a Picasso. Kathy Bates (Alice, The Blind Side, Revolutionary Road) también tiene su breve aparición, aunque la que más destaca es la de Marion Cotillard (Origen, Enemigos públicos), como una idealizada mujer objeto de los deseos de Gil.

También es de agradecer la moraleja final –aquello que deseamos…- y ese final optimista junto con Léa Seydoux (Robin Hood, Malditosbastardos) para darle algo más de empaque a la historia, que tiene una duración muy ajustada de apenas hora y media. Me ha recordado al gran clásico de Allen La rosa púrpura de El Cairo e incluso a Tócala otra vez, Sam en algunos momentos. Una película muy recomendable, cargada de referencias a la literatura, el cine, la pintura y el arte en general; amena y por lo tanto muy recomendable.

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