jueves, 25 de mayo de 2017

Las leyes de la frontera, de Javier Cercas

Como una buena parte de sus lectores, descubrí la literatura de Cercas tras la publicación de Soldados de Salamina en 2001. Más allá de la trama, que me pareció de lo más interesante entre la ficción y la realidad histórica, me llamó la atención la forma de contarla. La estructura, por ejemplo.

Estas sensaciones se potenciaron tras leer ese curioso experimento literario que fue Anatomía de un instante (2009) donde el autor me ganó para el resto. Era cuestión de tiempo que volviera a caer en alguna de sus historias y ha sido con Las leyes de la frontera (2012), su séptima novela.

En ella Cercas recrea los años de la Transición en la ciudad de Girona, centrándose especialmente en el verano de 1978 donde un joven charnego acaba conociendo e integrándose en una banda de delincuencia juvenil. Una ambientación que el autor conoce de primera mano ya que cuando él mismo era un chaval sus padres emigraron a Cataluña desde Extremadura.

De nuevo la frontera entre la realidad y la ficción acaba volviéndose muy tenue, ya que Cercas avanza en el tiempo para mostrarnos la relación entre un ya maduro abogado y el Zarco, uno de los criminales juveniles más conocidos del país, cuya leyenda ha traspasado todas las fronteras. Es decir, como la historia del Vaquilla, uno de esos mitos de la delincuencia de la Transición.

La trama funciona por sí sola. Hay una –algo enrevesada- historia de amor y toda una verdad en torno a la amistad y la lealtad. Pero Cercas le añade un punto extra de nuevo al elegir la forma de contar su novela, por medio de unas pocas voces: la del protagonista y un par más. Para ello echa mano de un escritor que está trabajando en un libro que revele la verdad sobre el Zarco y que para ello se entrevista con una serie de personajes. Es por ello que apenas hay diálogos como tales, sino que cada capítulo es una especie de monólogo, ya que en el fondo se trata de los recuerdos personales de los que están siendo entrevistados. El protagonista, Ignacio Cañas, es el que más tiene que decir, por supuesto, pero también existen los puntos de vista de un policía o de un director de prisiones, pertenecientes los dos a una etapa diferente de su vida.


De nuevo la forma en que Cercas ha elegido contar su historia es tan importante como la propia historia en sí. Una novela que atrapa con facilidad, algo nada sencillo cuando apenas se encuentran diálogos en ella. Que entretiene y cautiva a lo largo de sus casi cuatrocientas páginas. 

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