sábado, 9 de mayo de 2026

Alan Moore´s The Courtyard, de Antony Johnston & Jacen Burrows

 

Portada doble de Jacen Burrows para The Courtyard

A mediados de la década de los noventa Alan Moore se dejó olvidado en un taxi buena parte de un ambicioso proyecto, basado en la obra de Lovecraft, en el que se encontraba trabajando en ese momento. El guionista británico había descubierto al genio de Providence en su adolescencia y le había dejado una profunda huella. Sin embargo, no tuvo las fuerzas suficientes como para comenzarlo todo de nuevo, así que decidió no continuar con el tema, a excepción de un relato corto, realizado en prosa, que había sobrevivido al percance y que acabó viendo la luz en una antología de cuentos planteada como homenaje a uno de los autores más importantes del terror del siglo XX. Su título, The Courtyard

Casi diez años después, en 2003 concretamente, la editorial independiente norteamericana Avatar Press, que se había hecho un nombre gracias a una serie de obras pensadas para adultos por su tratamiento de la violencia, y que tenían a reconocidos nombres de la industria detrás, publicó una adaptación de The Courtyard en formato cómic que contó con dos entregas, estuvo dibujada por Jacen Burrows y adaptada por el novelista británico Antony Johnson, este último con amplia experiencia tanto en el terreno de la novela como del cómic.

 

Composición de página a base de dos únicas viñetas verticales

Es decir, The Courtyard no es un cómic de Alan Moore, sino una adaptación a las viñetas de uno de los pocos relatos cortos que el guionista británico había escrito en prosa por aquel entonces. Al principio se publicó en bitono pero, como suele ser habitual con la obra del creador de Watchmen, ha sido desde entonces reeditada en los más variopintos formatos, ya sea con anotaciones sobre la obra de Lovecraft, acompañado del relato original de Moore y, por supuesto, a color, realizado por Juanmar. 

Lo que Moore plantea es una continuación del relato de Lovecraft de 1927 El horror de Red Hook, ambientado en un presente algo diferente al nuestro y que solo puede percibirse por algún detalle moderno que no debería existir, lo que encaja el relato no solo dentro del horror, sino de la ciencia-ficción, aunque esta última no tenga casi nada que aportar a la historia. La trama central es extremadamente sencilla: un agente del FBI con una habilidad especial para detectar patrones en los casos más extraños se encuentra viviendo de incógnito en el mencionado barrio de Brooklyn mientras investiga una serie de asesinatos de carácter ritual que han sido perpetrados por al menos tres personas diferentes sin ningún tipo de conexión entre ellas, siguiendo todas el mismo modus operandi. Aldo Sax, el protagonista, avanzará en sus pesquisas hasta encontrarse con algo inimaginable que lo cambiará para siempre. 

Hay palabras con mucho poder en The Courtyard

Moore adereza su trama principal con un buen montón de referencias a la imaginería no solo de Lovecraft, sino de muchos otros autores de terror con los que se suele emparentar al creador de los mitos de Cthulhu, muy en la línea de lo que hizo en su saga de La liga de los caballeros extraordinarios. De esa forma podemos encontrarnos con referencias más que evidentes, como el nombre del cantante que reina en el Club Zothique, Randolph Carter; o por el cual se conoce a un extraño personaje que ejerce de camello y traficante, Johnny Carcosa, lo que nos remite de inmediato a Ambrose Bierce –también aparece el signo de amarillo, lo que hace lo propio con Robert Chambers. Curiosamente, la primera temporada de True Detective, emitida en 2014, hacía algo muy parecido-. 

Como es habitual en Moore, éste no se queda en lo superficial. En el relato se mencionan a los protagonistas y a varios hechos del cuento original de Lovecraft. Y buena parte de la acción transcurre en uno de los escenarios principales del mismo. Pero Moore es capaz de ir más allá y reconocer sin tapujos el racismo inherente a Lovecraft que impregnaba El horror de Red Hook, moldeando la personalidad de su protagonista para que tenga un punto elitista y desagradable, más allá de la ambientación por la que se mueve al trabajar de incógnito. También es capaz de llevarse la historia a su terreno con la introducción del Aklo, una nueva droga en la que el investigador acaba centrando su mirada y que le permite a Moore jugar con esos paisajes psicodélicos de los que tanto gusta; con la percepción temporal de la que ha hecho gala en varias de sus obras y con el poder del lenguaje, que siempre ha defendido de las más variopintas formas. 

El arte de Jacen Barrows no es nada del otro mundo, algo acartonado y limitado por el hecho de que todo el cómic está narrado siguiendo una única disposición de dos viñetas verticales que ocupan todo el largo de la página –más allá de los diálogos, que no son muchos, Johnson elige contar la historia desde el punto de vista del detective usando cajas de texto que muestran sus pensamientos íntimos-. Es un trabajo correcto que, sin embargo, le valió la oportunidad de trabajar con el propio Moore algunos años después, en un momento duro para el británico que, necesitado de encargos laborales, recurrió a Avatar, con la que acabó firmando una colaboración, Neonomicon, una cómic de cuatro entregas que continuaría lo contado en The Courtyard.

Splash-page a cargo de Jacen Burrows para The Courtyard


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