La primera vez que leí a Mendoza fue hace muchos años y todavía guardo un buen recuerdo: La ciudad de los prodigios (1986) es un libro en el que se pueden adivinar algunas de las constantes de su obra, como su predilección por relatos ambientados en un periodo concreto de la ciudad de Barcelona -más o menos desde finales del siglo XIX hasta la actualidad-. También había leído otra novela suya bastante conocida, la divertidísima Sin noticias de Gurb, que fue publicada por primera vez por entregas por El País a principios de la década de los noventa del siglo pasado.
Y es que Mendoza, Premio Cervantes, ha sabido combinar muy bien la seriedad de algunas de sus novelas con el sentido del humor que prima en otras, aderezadas además con un componente detectivesco o de género negro que les da todavía más empaque -si no me fallan las cuentas, son seis ya las entregas protagonizadas por ese detective anónimo residente en un psiquiátrico que inventó hace ya más de cuarenta años-.
El Pomponio Flato reúne en una sola novela corta de apenas doscientas páginas, publicada en 2008, varios de los temas favoritos del autor: la narración histórica, en este caso ambientada en la Palestina del siglo I de nuestra era; la investigación criminal de un asesinato, en esta ocasión la de un opulento comerciante a manos de un simple carpintero, llevada a cabo por un romano de paso que acaba sin comerlo ni beberlo en la ciudad de Nazaret; y el sentido del humor, caracterizado por una ironía, a veces sutil y otras no, en torno a la política, las figuras de poder o la religión -no todo el mundo puede presumir de ser contratado por el niño Jesús-.
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| Portada de la extinta Círculo de Lectores para El asombroso viaje de Pomponio Flato |
Pomponio Flato, de talante filosófico, narra en primera persona sus aventuras y desventuras en una tierra extraña donde no existe una especial simpatía hacia los romanos, siempre tras la pista de un verdadero asesino que permita exculpar al reo, por lo que se trata de una de esas novelas epistolares en la que todo lo que leemos forma parte de una larga misiva.
Una historia que se lee en un suspiro y que arranca veladas sonrisas cada pocas páginas, donde los hechos históricos brillan por su ausencia sin que nadie los eche de menos gracias a la pericia de Mendoza a la hora de hilvanar una ambientación creíble con personajes reales y situaciones inventadas, aderezadas con una buena dosis de religión y tradición judeocristiana, más una pizca de fábula.
No es tan estrambótica ni disparatada como el
periplo de su famoso extraterrestre tras la pista de su congénere por las
calles de Barcelona, pero sí muy divertida y entretenida y tan bien escrita
como todo lo que sale de su pluma.


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