Jon Favreau ha pasado los últimos años de su carrera dedicado casi en exclusividad a Disney y su proyecto de llevar Star Wars a la televisión en imagen real. Y con buenos resultados, en una empresa que no era nada fácil. El director de Iron Man es el principal responsable de The Mandalorian en calidad de creador, productor y principal guionista, dejando la dirección de los episodios a cargo de otros profesionales –su último trabajo tras las cámaras, con la excepción de un único episodio de la serie, aquel en el que aparecían los Tuskens y el Marshall interpretado por Timothy Olyphant, fue el taquillazo de El rey león en 2019-.
El paso a la pantalla grande
parecía de lo más lógico, sobre todo desde el punto de vista de los altos
cargos de la compañía, ya que desde El ascenso de Skywalker (2019) la franquicia no aparecía por los cines de todo
el mundo. La jugada, a priori, parece haber salido bien, pero sin grandes
alardes, ya que la crítica está más que dividida y la respuesta de la taquilla
no ha sido mala, pero para nada entusiasta –el presupuesto, por otro lado, no
ha sido desproporcionado, apenas 170 millones de dólares, por lo que
recuperarlo no debería ser complicado-.

Din Djarin y Grogu en plena misión
Favreau retoma labores de dirección y mantiene las riendas como productor y principal guionista, asistido en todo momento por su inseparable Dave Filoni –que también echa una mano en la segunda unidad-. El equipo es el mismo de la serie y eso se nota en pantalla porque The Mandalorian and Grogu es precisamente eso, un capítulo más de la saga desarrollado con una mayor duración, un acabado estupendo a nivel técnico y cero trascendencia, más allá de ofrecer al público una aventura repleta de la esencia que la saga fue creando poco a poco en la década de los ochenta, repleta de todo tipo de monstruos y criaturas, acción sin descanso, sentido del humor y un buen montón de carisma.
Respetuosa con el legado de
Lucas, deja de lado, de una vez por todas, la servidumbre a la saga original,
entregándose sin reservas a la mitología que ha ido construyendo en televisión:
a los gemelos mafiosos ya los vimos en El libro de Boba Fett; Rotta el Hutt, al que pone voz el televisivo Jeremy
Allen White, no aparecía, si no me falla la memoria, desde la película The Clone Wars, en la que Anakin y su
novísima Padawan, Ahsoka, tenían que rescatarlo, precisamente, de un secuestro;
mientras que el personaje de Zeb se hizo conocido por formar parte de la
tripulación de la Ghost, lo que se
nos contó en Star Wars Rebels –el
nuevo villano de la saga, el cazarrecompensas Embo, también es un préstamo de
la sección animada de la franquicia-.

Pedro Pascal y Sigourney Weaver en The Mandalorian and Grogu
La historia es tremendamente sencilla, pero resuelta con ritmo y sin que las set-pieces se sientan aburridas. En su centro late un clásico de la ficción, el del especialista que tiene remordimientos a la hora de llevar a buen puerto un complicado trabajo y eso le trae problemas con sus contratistas –en la película es evidente la división entre ambas historias, a las que hay que sumar un movido prólogo con los AT-AT-.
También es interesante
resaltar que la inclusión de Baby Yoda
en el título no es casual, ni obedece, no solo al menos, al marketing: su
presencia en la historia es mayor y, aunque ya lo habíamos visto con
anterioridad realizar alguna proeza que otra, incluido salvarle la vida a su
padre adoptivo, aquí vamos a verlo mucho más independiente y capaz de resolver
muchas situaciones por sí mismo –la parte en la que toma el protagonismo en
solitario es una de esas secuencias un tanto curiosas y casi mudas, ya que el
chaval no habla todavía, solo gruñe de vez en cuando-.
Importante también el regreso a la franquicia del oscarizado compositor Ludwig Göransson. Su contribución a las dos primeras temporadas de The Mandalorian le valió llevarse a casa un par de Emmys y desde entonces no había vuelto a participar en la saga. Hay que reconocerle su personalidad a la hora de seguir su propia intuición sin necesidad de pagar un tributo a John Williams, con una banda sonora divertida, pero con toques diferentes a lo que estamos acostumbrados en Star Wars –sin dejar de lado, por supuesto, su estupenda composición para el personaje central, explotada hasta la extenuación en la series-.
Sigourney Weaver se convierte en la principal aportación en carne y hueso a la franquicia que podemos encontrarnos en esta película, Coronel y piloto del Escuadrón Adelphi. La mítica actriz de Avatar no tiene demasiado espacio para brillar, muy consciente de dónde se encuentra, por lo que no aporta demasiado.
Por lo demás, The Mandalorian and Grogu es un
espectáculo de lo más entretenido que no se complica lo más mínimo a la hora de
continuar la saga, más allá de ofrecer un episodio más de la misma repleto de
acción y aventura. Aunque no le hubiera venido nada mal dedicarle algo más de
espacio al desarrollo de la etapa que se encuentra viviendo ahora mismo la
franquicia -y que ni siquiera está claro si continuará en televisión, cine o en
los dos al mismo tiempo-.


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