Durante los cuatro primeros años de su carrera literaria Michael Connelly publicó cuatro novelas de Harry Bosch consecutivas antes de darle un año de descanso al personaje. Con El último coyote cerraba un pequeño ciclo argumental en donde el protagonista llegaba a un importante punto de inflexión en su vida, hundido tanto en lo personal como en lo profesional.
En el primer apartado se encontraba de nuevo solo tras no poder mantener la relación sentimental con Sylvia Moore, la viuda de un excompañero cuya muerte investigó en Hielo negro (1993). A eso había que sumarle la destrucción casi total de su casa tras un terremoto en la zona y su lucha encarnizada contra la burocracia gubernamental para intentar salvarla del derribo definitivo. En la parte profesional nos lo encontramos suspendido de empleo y sueldo tras agredir con violencia a un superior -su jefe inmediato Harvey Pounds- y obligado a pasar consulta psicológica para determinar si está o no preparado para su vuelta al trabajo como policía de homicidios.
En un momento tan delicado a Bosch no se le ocurre otra cosa que hacer con su tiempo libre que ponerse a investigar, por su cuenta y riesgo, la muerte de su propia madre, una prostituta a la que asesinaron cuando él era solo un niño. A la dificultad de retomar un caso tan antiguo se le añade una extraña conexión entre su madre y una importante personalidad política de la ciudad, un fiscal del distrito.
Connelly da salida a un típico caso en el que el policía va removiendo un avispero con consecuencias inesperadas, de modo que de pronto se desencadenan una serie de acciones violentas como desapariciones o el asesinato de algunos de los nombres investigados. Bosch deberá profundizar en el pasado, encontrar primero a los que estuvieron implicados -policías que se ocuparon en su momento, periodistas que siguieron la noticia, personas con las que su madre se relacionaba- para después unir las piezas de un complicado puzle que le lleve a presionar a aquellos que podrían saber algo del tema -Bosch llegará incluso a viajar a Florida en busca de pistas, iniciando de paso una nueva relación romántica-.
La única pega que se me ocurre
ponerle a esta novela es que la anterior, La rubia de hormigón, es de las mejores de la serie hasta ahora y por
comparación puede salir algo perjudicada -teniendo en cuenta además que las dos
profundizan en elementos del pasado del protagonista que hasta entonces apenas
habían sido mencionados y de los que desconocíamos los detalles-. A cambio,
Connelly nos ofrece, a través de las sesiones de terapia, un vistazo al
interior de una de sus creaciones más queridas y a aquello que de verdad lo
motiva a seguir adelante todos los días. Así como a lo que le atormenta en lo
más profundo de su alma.

No hay comentarios:
Publicar un comentario