El año 1993 marca el inicio oficial del sello Vertigo para lectores adultos de DC Comics. Y con Karen Berger a la cabeza, una editora de la propia DC que había dedicado los últimos años a rescatar personajes secundarios de la editorial, cuando no completamente olvidados, gracias a la contratación de nuevo talento venido principalmente de las islas británicas.
Como era de esperar, dichas colecciones, que habían nacido en los márgenes y que tenían en los títulos de crédito nombres como los de Alan Moore, Neil Gaiman o Grant Morrison, se reintegraron con total naturalidad en la nueva línea. Pero el espectáculo debía continuar y Berger necesitaba nuevos títulos para mantener la atención de los potenciales lectores, por lo que recurrió a varios de los autores que ella misma se había traído del mercado británico.
En ese momento Morrison ya había finiquitado todos los trabajos que había realizado para Berger: sus novedosas aportaciones a la Doom Patrol o a Animal Man; su rompedora recuperación de un personaje como Kid Eternity; e incluso había hecho sus pinitos dentro de la línea superheroica de DC Comics con dos historias para Batman como Gótico o Arkham Asylum -esta última, un auténtico éxito de ventas-. En ese momento, el guionista escocés decidió optar por un nuevo proyecto algo más superficial de lo que había estado produciendo para el mercado norteamericano hasta entonces. Una historia con mucha acción, despreocupada, con una extensión moderada y que estaría dibujada por un antiguo colaborador de su época británica, Steve Yeowell.
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| Página de Steve Yeowell para Sebastian O |
Morrison desarrolló el proyecto en una línea de cómics para adultos del sello Disney, algo que no acababa de tener mucho sentido y que terminó cerrando sin dar la oportunidad a sus artistas de ver su trabajo impreso. El editor de estos, Art Young, llegó a un acuerdo con Berger para traerse a sus autores al sello Vertigo y es así como el escocés debutó con su primera historia original no basada en un personaje ya existente -la miniserie de tres episodios apareció entre mayo y julio de ese mismo año 1993-.
Sebastian O nos traslada a una Inglaterra victoriana retrofuturista donde su protagonista es un depravado dandy que escapa de un largo cautiverio con el único propósito de vengarse de aquellos que conspiraron en su contra para encarcelarlo. Para ello no tendrá ningún reparo en quitar de en medio a cualquiera que se interponga en su camino, ya sean las fuerzas del orden, asesinos profesionales enviados para acabar con su vida o incluso antiguos aliados. Pero con mucho estilo, eso sí.
Se nota que es un Morrison primerizo que, además, no tuvo a Karen Berger como compañera en la realización del tebeo, que no deja de ser un batiburrillo de diversas ideas que por separado podrían llegar a ser interesantes por sí mismas, pero que unidas aquí apenas tienen un desarrollo consecuente. Por si todo esto no fuera suficiente, el arte de Yeowell no es el más apropiado para una historia de acción trepidante en la que hay continuos enfrentamientos a vida o muerte, mientras Sabastian O va recorriendo diversos escenarios en busca de las pistas que le lleven a encontrar al que lo traicionó -que, para colmo, ostenta un importante cargo dentro del gobierno inglés-. Es un artista demasiado estático y su narrativa y composición son de lo más corrientes, por lo que basta un simple vistazo a una sola de sus páginas para reconocer la época en la que esta obra apareció por primera vez -esa aplicación de los colores planos, por ejemplo-.

La composición de página de Yeowell en esta obra es sencilla y funcional
¿Qué tiene de interesante, entonces, Sebastian O? Más allá del uso de la historia y la cultura británica como trasfondo, la premisa es atractiva, aunque el mundo de ciencia-ficción por el que se mueve el narcisista protagonista no acabe de estar desarrollado lo suficiente como para llamar la atención. Es como si Oscar Wilde, en vez de hundirse física y moralmente cuando fue condenado a prisión de manera tan injusta, hubiera logrado escapar convertido en un Edmundo Dantés psicópata con el único objetivo de la venganza más sangrienta. También se agradece el tono provocador del guionista, aunque de nuevo aquí se quede en la superficie y no se atreva a llevarlo un paso más allá -aun así, el tebeo, que no vendió nada mal, tuvo que hacer frente a alguna polémica, de estas un tanto absurdas, por el hecho de que el protagonista fuera homosexual, así como por alguna que otra práctica sexual de alguno de sus personajes-.
También aparecen en este tebeo las referencias culturales con las que el guionista suele aderezar todas sus obras, en este caso referidas al decadentismo; y una cierta idea, muy bien traída pero apenas planteada, que emparenta ese precepto decadentista de rechazo a lo natural y de abrazar, por encima de todo, lo artificial, con la realidad virtual; o esos mundos virtuales alternativos a los que Morrison ha dedicado tantas páginas en su carrera y que desarrolló en proyectos futuros, siendo Los Invisibles el más destacado de entre todos ellos por ambición, extensión y amplitud de miras.
Es decir, Sebastian O queda como una historia entretenida, a ratos divertida, no especialmente brillante ni en el desarrollo de su premisa ni en su planteamiento gráfico, quizás la parte más aburrida de todo el proyecto, pero que nos muestra unas pocas ideas de un Grant Morrison que luego pudo trabajarlas a su antojo en nuevas y brillantes direcciones.
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| Ejemplo de escena de acción en Sebastian O |



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