viernes, 27 de mayo de 2011

Chesil Beach, de Ian McEwan


La playa que da nombre al título es el escenario elegido donde la joven pareja protagonista va a pasar su noche de bodas. Situada en Dorset, Inglaterra, parece el lugar ideal para tan singular momento, uno de  los más importantes en la vida de Edward y Florence.

McEwan nos relata en esta breve novela esa noche mágica, desde la última cena en pareja, cuando los pensamientos están más próximos a lo que vendrá después. McEwan tiene siempre muy presente el momento en que se desarrollan los hechos: los primeros años de la década de los sesenta, cuando todavía la revolución sexual no había llegado al Imperio. Indecisos, avergonzados casi, el nuevo matrimonio irá dando los pasos necesarios en pos de su meta, constantemente interrumpidos por el autor, que nos relata en capítulos intercalados la historia de su amor y sus diferentes orígenes; perteneciendo Florence a una familia acaudalada de clase media y siendo ella misma una entusiasta de la música clásica; todo lo contrario que Edward, cuya familia es de origen más humilde y cuyas raíces están en las afueras de la ciudad, en la campiña inglesa.

Los comienzos de esta historia son muy bonitos y el retrato de la sociedad en la que se desenvuelven los enamorados está muy conseguido, con las diferentes costumbres y modos de proceder de cada uno, en sus propias familias y en sus relaciones con los demás. Pero en un momento dado la historia da un violento vuelco, algo para lo que el autor nos ha estado preparando poco a poco, sembrando un poco de inquietud aquí y allá; sensaciones de que algo no funciona, de que todavía queda algo importante por pasar.

Una novela corta que logra capturar la atención del lector desde sus primeras páginas y que lo lleva en volandas hasta el desenlace, planteando una serie de preguntas cuyas respuestas no quedarán del todo claras tras el final.

Hace poco leí del mismo autor Amsterdam y pese a que han transcurrido casi diez años entre la escritura de una y otra –además de varios premios literarios o el éxito que supuso la adaptación cinematográfica de Expiación-, ambas novelas contienen puntos comunes; como esa predilección por hablar de música clásica; un cierto humor muy de tapadillo que a veces sorprende al lector, negro y con cierta mala leche o un sentimiento de crítica hacia un estilo de vida concreto o época.

La verdad es que me ha gustado más que Amsterdam y me parece un autor al que seguir teniendo en cuenta. Sam Mendes ya trabaja mano a mano con McEwan para adaptar Chesil Beach y no podría pegarle más el tono de la historia, si tenemos en cuenta las similitudes con un proyecto anterior del director como fue RevolutionaryRoad

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