La publicación en 2001 de La Sombra del Viento cambió la vida
profesional de Carlos Ruiz Zafón, que hasta entonces había estado luchando por
hacerse un hueco en el competitivo mercado juvenil. Con cuatro historias ya
publicadas en ese momento, el enorme éxito de su primera incursión en la novela
para adultos lo convirtió en uno de los autores más leídos en lengua castellana
en todo el mundo –la publicidad clama que el más leído tras Cervantes, una
afirmación difícil de creer- y guio su carrera los quince años siguientes,
donde ha estado volcado en la creación de una saga alrededor de varios de los
conceptos ya introducidos en La Sombra
del Viento, como la familia Sempere, libreros de viejo en la ciudad de
Barcelona; la propia metrópoli, gótica y amenazadora a mediados de la década de
los cuarenta; el borgiano Cementerio de los Libros Olvidados o la literatura en
sí misma, ya que buena parte de los misterios que plantea el autor se
desarrollan alrededor de una serie de tragedias causadas por la guerra que
tienen en su centro a escritores malditos de la ciudad.
La Sombra del Viento era una novela redonda que se leía con suma
facilidad y que funcionó gracias a la mejor publicidad posible: el boca –
oreja. Sus personajes eran carismáticos y los enigmas que se planteaban
funcionaban a la perfección para capturar la atención del lector. La
ambientación estaba muy cuidada –el autor, aunque reside en Estados Unidos en
la actualidad, es de la ciudad de Barcelona- y en definitiva tenía todos los
ingredientes para convertirse en una buena historia, como así fue.
Siete años después se publicó El juego del Ángel (2008), mi favorita
entre todas las novelas que componen la saga de El Cementerio de los Libros Olvidados. En ella Zafón se centraba en
los años previos a la historia que se narraba en La Sombra del Viento y los protagonistas de esta última solo hacían
acto de presencia en el desenlace. Zafón optó por cargar las tintas en torno al
terror gótico que apenas se esbozó en la novela precedente y lo llevó un poco
más lejos, con un protagonista torturado realmente interesante. La ciudad de
Barcelona en la década de los veinte y su idilio con los escritores malditos
seguían ahí como principales puntos de unión, pero el caso es que algo no debió
de funcionar como debía porque en la tercera parte, El prisionero del cielo (2011), Zafón no solo volvía al estilo de La Sombra del Viento, sino que componía
una novela de nuevo ambientada en el pasado pero en esta ocasión protagonizada
por su personaje más carismático, el lenguaraz Fermín Romero de Torres. No solo
eso, sino que continuaba las historias en paralelo tanto de la familia Sempere
–que dejamos al final de La Sombra del
Viento- como del principal protagonista de El juego del Ángel, el escritor David Martín. Una novela que supo
más a pieza intermedia que a historia propia en sí misma.
Y con esto llegamos a la
publicación del desenlace a finales del año pasado. El Laberinto de los Espíritus (2016) no defraudará a los seguidores
de la saga porque es prácticamente más de lo mismo. Se lee de un tirón, pese a
sus mil páginas, porque Zafón maneja el ritmo de aventuras y misterio necesario
para atrapar al lector y a estas alturas es indiscutible su capacidad para
crear personajes atractivos e incluso magnéticos. En ese aspecto, resulta todo
un acierto otorgar el protagonismo a uno nuevo, Alicia Gris, una femme fatal al servicio del Régimen a la
que se le encarga la misión de encontrar a Mauricio Valls, desaparecido en
extrañas circunstancias. Su importancia dentro de la Dictadura es la suficiente
como para que se movilice a uno de los servicios secretos más efectivos, al que
pertenece Alicia.
Sin embargo, buena parte del
misterio sigue girando en torno al pasado de la familia Sempere y son
demasiadas las conexiones que existen para una ciudad tan grande como la de
Barcelona. Tengo la sensación de que cuanto menos aparece la mítica librería
mejor se desarrolla la historia. Y es que la novela entera es un revisión de
todo lo que hemos visto hasta ahora: la relación entre Fermín y Daniel está muy
bien llevada, resulta graciosa y simpática pero, ¿con cuántos personajes nos
cruzamos a la largo de la novela que hablan de esa forma tan particular y
elocuente? El inspector Fumero, que nos aterrorizó en la primera entrega, no
solo hace aquí acto de presencia merced al recurso del flashback, sino que es sustituido por un personaje no ya similar
sino idéntico. Lo mismo se puede decir de Fernandito, que vuelve a traer a la
palestra al joven enamoradizo, papel que desempeñó el propio Daniel hace ya
quince años. Si El Conde de Montecristo
era fundamental en la tercera entrega, ahora lo es Alicia en el país de las maravillas. Y así con muchos elementos que
van repitiéndose.
Es decir, Zafón ha optado por
lo seguro, apostando por los elementos que le funcionaron en La Sombra del Viento. Consigue contar
una nueva historia y al mismo tiempo atar los cabos sueltos que pudieron quedar
en las anteriores, aunque por ello se vea obligado a repetirse una vez más –ya
lo hizo en la anterior entrega-.
Por eso aquellos que esperaban
más de lo mismo no se verán decepcionados. Los que hubieran preferido un giro
más brusco y novedoso o una vuelta al terror gótico de la segunda parte
quedarán decepcionados. Eso no quita que a estas alturas el autor se siente muy
cómodo con su historia, por lo que la novela es entretenida en todo momento.
Tiene ritmo y maneja muy bien las escenas más tensas, tanto como las cómicas.
Pero es una pena que hayan hecho falta cuatro libros diferentes para contar una
historia que da más vueltas de lo necesario sobre sí misma. Aun así tengo
curiosidad por conocer cuál será el siguiente proyecto del autor y sobre qué
versará esta vez.

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