miércoles, 17 de mayo de 2017

El Laberinto de los Espíritus, de Carlos Ruiz Zafón

La publicación en 2001 de La Sombra del Viento cambió la vida profesional de Carlos Ruiz Zafón, que hasta entonces había estado luchando por hacerse un hueco en el competitivo mercado juvenil. Con cuatro historias ya publicadas en ese momento, el enorme éxito de su primera incursión en la novela para adultos lo convirtió en uno de los autores más leídos en lengua castellana en todo el mundo –la publicidad clama que el más leído tras Cervantes, una afirmación difícil de creer- y guio su carrera los quince años siguientes, donde ha estado volcado en la creación de una saga alrededor de varios de los conceptos ya introducidos en La Sombra del Viento, como la familia Sempere, libreros de viejo en la ciudad de Barcelona; la propia metrópoli, gótica y amenazadora a mediados de la década de los cuarenta; el borgiano Cementerio de los Libros Olvidados o la literatura en sí misma, ya que buena parte de los misterios que plantea el autor se desarrollan alrededor de una serie de tragedias causadas por la guerra que tienen en su centro a escritores malditos de la ciudad.

La Sombra del Viento era una novela redonda que se leía con suma facilidad y que funcionó gracias a la mejor publicidad posible: el boca – oreja. Sus personajes eran carismáticos y los enigmas que se planteaban funcionaban a la perfección para capturar la atención del lector. La ambientación estaba muy cuidada –el autor, aunque reside en Estados Unidos en la actualidad, es de la ciudad de Barcelona- y en definitiva tenía todos los ingredientes para convertirse en una buena historia, como así fue.

Siete años después se publicó El juego del Ángel (2008), mi favorita entre todas las novelas que componen la saga de El Cementerio de los Libros Olvidados. En ella Zafón se centraba en los años previos a la historia que se narraba en La Sombra del Viento y los protagonistas de esta última solo hacían acto de presencia en el desenlace. Zafón optó por cargar las tintas en torno al terror gótico que apenas se esbozó en la novela precedente y lo llevó un poco más lejos, con un protagonista torturado realmente interesante. La ciudad de Barcelona en la década de los veinte y su idilio con los escritores malditos seguían ahí como principales puntos de unión, pero el caso es que algo no debió de funcionar como debía porque en la tercera parte, El prisionero del cielo (2011), Zafón no solo volvía al estilo de La Sombra del Viento, sino que componía una novela de nuevo ambientada en el pasado pero en esta ocasión protagonizada por su personaje más carismático, el lenguaraz Fermín Romero de Torres. No solo eso, sino que continuaba las historias en paralelo tanto de la familia Sempere –que dejamos al final de La Sombra del Viento- como del principal protagonista de El juego del Ángel, el escritor David Martín. Una novela que supo más a pieza intermedia que a historia propia en sí misma.

Y con esto llegamos a la publicación del desenlace a finales del año pasado. El Laberinto de los Espíritus (2016) no defraudará a los seguidores de la saga porque es prácticamente más de lo mismo. Se lee de un tirón, pese a sus mil páginas, porque Zafón maneja el ritmo de aventuras y misterio necesario para atrapar al lector y a estas alturas es indiscutible su capacidad para crear personajes atractivos e incluso magnéticos. En ese aspecto, resulta todo un acierto otorgar el protagonismo a uno nuevo, Alicia Gris, una femme fatal al servicio del Régimen a la que se le encarga la misión de encontrar a Mauricio Valls, desaparecido en extrañas circunstancias. Su importancia dentro de la Dictadura es la suficiente como para que se movilice a uno de los servicios secretos más efectivos, al que pertenece Alicia.

Sin embargo, buena parte del misterio sigue girando en torno al pasado de la familia Sempere y son demasiadas las conexiones que existen para una ciudad tan grande como la de Barcelona. Tengo la sensación de que cuanto menos aparece la mítica librería mejor se desarrolla la historia. Y es que la novela entera es un revisión de todo lo que hemos visto hasta ahora: la relación entre Fermín y Daniel está muy bien llevada, resulta graciosa y simpática pero, ¿con cuántos personajes nos cruzamos a la largo de la novela que hablan de esa forma tan particular y elocuente? El inspector Fumero, que nos aterrorizó en la primera entrega, no solo hace aquí acto de presencia merced al recurso del flashback, sino que es sustituido por un personaje no ya similar sino idéntico. Lo mismo se puede decir de Fernandito, que vuelve a traer a la palestra al joven enamoradizo, papel que desempeñó el propio Daniel hace ya quince años. Si El Conde de Montecristo era fundamental en la tercera entrega, ahora lo es Alicia en el país de las maravillas. Y así con muchos elementos que van repitiéndose.

Es decir, Zafón ha optado por lo seguro, apostando por los elementos que le funcionaron en La Sombra del Viento. Consigue contar una nueva historia y al mismo tiempo atar los cabos sueltos que pudieron quedar en las anteriores, aunque por ello se vea obligado a repetirse una vez más –ya lo hizo en la anterior entrega-.

Por eso aquellos que esperaban más de lo mismo no se verán decepcionados. Los que hubieran preferido un giro más brusco y novedoso o una vuelta al terror gótico de la segunda parte quedarán decepcionados. Eso no quita que a estas alturas el autor se siente muy cómodo con su historia, por lo que la novela es entretenida en todo momento. Tiene ritmo y maneja muy bien las escenas más tensas, tanto como las cómicas. Pero es una pena que hayan hecho falta cuatro libros diferentes para contar una historia que da más vueltas de lo necesario sobre sí misma. Aun así tengo curiosidad por conocer cuál será el siguiente proyecto del autor y sobre qué versará esta vez.

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