Cuarta película del actor Iko
Uwais, que fuera descubierto por el director galés Gareth Evans en Yakarta
cuando se encontraba rodando un documental sobre el pencak silet, disciplina
marcial de amplio calado en el sureste asiático –rápida, esquiva y contraataque
y, según cuentan las leyendas, extraída a partir del comportamiento de diversos
animales salvajes-.
En los últimos años han rodado
juntos tres películas, en las que el propio Uwais ha desarrollado una
imprescindible labor como coreógrafo de artes marciales. Merantau (2009), donde un joven de las afueras llega a la capital
para verse envuelto en una serie de tramas mafiosas; la extraordinaria The Raid (2012), traducida como Redada Asesina y su secuela en 2014, en la que interpretaba a un novato de la policía
enfrentado a un edificio repleto de enemigos y que luego continuaba sus
aventuras como agente infiltrado en un grupo de criminales.
Headshot supone el cuarto papel protagonista del actor, al que
pudimos ver en un rol secundario en El poder del Tai Chi (2013) y en un desconcertante cameo en Star Wars: El despertar de la Fuerza (2015). Dirigida por los
hermanos Mo en su debut tras las cámaras, el guion es de una sencillez
apabullante, recurriendo a un viejo clásico del género: la del desconocido que
aparece moribundo y que tras un corto tiempo de recuperación no es capaz de
recordar ni su identidad ni de dónde viene, si bien no ha olvidado una serie de
habilidades físicas que lo convierten en un arma viviente. Ni tampoco ha
logrado dejar atrás un pasado repleto de violencia y deudas que todavía no ha
acabado con él.
Es decir, una mera excusa
argumental para ir presentando al espectador una serie de vistosas secuencias
de acción donde los actores pueden dar lo mejor de sí mismos, en un auténtico
despliegue físico y de habilidad en diferentes estilos de artes marciales, ya
que se optó por respetar aquello en lo que cada luchador se defendía mejor, lo
que introduce cierta novedad en los continuos enfrentamientos.
El cine de acción rodado en
Indonesia tiene algunas señas de identidad muy marcadas. Es muy violento y
aunque un poco exagerado –sobre todo por lo que aguantan en pie algunos
luchadores, recibiendo un castigo continuo-, resulta realista en comparación
con el cine de artes marciales que se rueda en países cercanos como Japón o
China. En una película como Headshot
no vamos a encontrarnos con ningún personaje flotando en el aire, sino todo lo
contrario: muy pegado al suelo, con una iluminación contenida y sucia y una
preferencia por ambientes cerrados como habitaciones destartaladas, callejones
o, en el caso que nos ocupa, una comisaría de policía o un autobús. Lo ideal
para que los personajes demuestren su inventiva convirtiendo en armas mortales
todo tipo de atrezo. De hecho, hay una pelea en esta película que tiene lugar
en una playa, un espacio abierto y es la que más chirría del conjunto.
Estrenada a finales del año
pasado en Toronto, no creo que llegue a verse en cines en nuestro país, ya que
no supera a la saga The Raid, donde a
la originalidad de la primera habría que sumar que las coreografías de lucha
tenían un punto extra de espectáculo que aquí no se encuentra. Aun así sigue
siendo un buen ejemplo de cine de artes marciales, crudo y violento, con el que
ahora mismo es el actor joven más en forma de todo el género.



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