En los últimos años la HBO ha conseguido sacar al mercado una
enorme cantidad de series y películas cuyo principal reclamo no era sino su
marca de autor.
Una vez superado el estreno de los primeros episodios de
cualquier serie uno acaba fijándose en los actores, en los continuos
giros de guion o en la casi siempre costosa y sobresaliente producción de la
que suele hacer gala la cadena privada. Pero al principio, a la hora de vender
la serie más allá de una premisa más o menos concreta –cada vez es más
habitual mantener el misterio en torno a las principales tramas o al estilo de
contar la historia- es el nombre propio tras los títulos de crédito lo que
tiene una mayor importancia: el creador, el showrunner,
el principal guionista, el director o el actor que liderará el proyecto.
Muchas veces son la misma
persona, el mismo nombre tras los principales roles técnicos y otras es fruto
de la colaboración –el gran éxito de la
primera temporada de True Detective
no se debió en exclusividad al buen hacer de sus dos actores protagonistas,
sino al buen entendimiento entre Nick Pizzolatto, creador y principal escritor
y la mirada única que con su cámara aportó Cary Fukunaga, encargado de rodar
todos los episodios-.
Lo que es menos habitual es
que la HBO se asocie con otras
productoras como Canal+ o la italiana
Sky Atlantic para llevar a cabo un
proyecto de marcado tono europeo liderado por un nombre propio de la cultura
italiana, habitual guionista y director, que con su película La gran belleza (2013) conquistó a
Hollywood merced al Globo de Oro y al Oscar a Mejor Película de Habla No
Inglesa: Paolo Sorrentino. La presencia del artista napolitano no solo marcó a
fuego la producción, a la que transmitió toda su personalidad, sino que hizo
posible que los dos primeros episodios de The
Young Pope se estrenaran en Venecia en septiembre de 2016, siendo la
primera vez en los 73 años del festival que una serie de televisión participaba
en el mismo.
Lo que Sorrentino está interesado en contar, a lo largo de 10 episodios, no es sino la llegada
inesperada de un joven arzobispo al trono de Pedro que va a revolucionar a su
alrededor no solo a toda la curia romana, sino a los mismos creyentes católicos
y, por lo tanto, al mundo moderno tal y como lo conocemos. El primer Papa
americano de la historia es insultantemente joven, además de guapo y de
personalidad magnética –no en vano el elegido para interpretarlo fue el actor
inglés Jude Law (El editor de libros, Anna Karenina, Sherlock Holmes, Repo Men, Contagio), que solventa con mucho carisma un papel nada sencillo- y en contra de
todo lo que se podía creer en un principio, ferozmente conservador.
Sus ideas para el nuevo papado
chocan directamente con los consejos de sus más allegados colaboradores. Las
altas esferas políticas desconfían de él y la prensa es condenada al
ostracismo. Los fieles, directamente, no saben cómo reaccionar a un Papa que
reniega de cualquier aparición pública o uso mercadotécnico de su imagen; que
no quiere ni oír hablar del aborto o de la homosexualidad y que tiene en su
punto de mira a cualquier sacerdote que no respete el celibato. Pío XIII está
harto de una Iglesia débil y amorosa y quiere, por encima de todo, reforzar la
relación de los creyentes con Dios y en definitiva, acabar con la concepción
moderna de una religión católica a la carta. Con todas sus consecuencias.
Esto provoca un revuelo dentro
de la Iglesia difícil de controlar, por lo que hay mucho de lucha de poderes en
esta serie. El nuevo Papa tendrá que enfrentarse a una curia romana que ve con
desconfianza como todo aquello que han tardado tanto en armar comienza a
desmoronarse poco a poco. Así como a una opinión pública que no lo comprende.
El reparto con el que cuenta
Sorrentino es sobresaliente y logra sacarle un enorme partido aprovechando
diferentes personajes para acercarse a varios temas que siempre están en boga
cuando se habla de los principales problemas de la iglesia católica. Diane
Keaton se convierte así en la secretaria personal del Papa, proporcionándonos
uno de los temas clave en la personalidad del protagonista, ya que este fue
abandonado cuando era muy niño por sus padres en un orfanato, algo que no solo
le ha marcado de por vida, sino que le ha supuesto un trauma que todavía no ha logrado
superar. Sor María lo ha cuidado durante buena parte de su vida y ahora va a
tener que seguir haciéndolo.
El Cardenal Angelo Voiello, al
que interpreta de manera magistral el veterano actor italiano Silvio Orlando,
nos da una buena muestra de las contradicciones en las que puede caer una
persona que, si bien busca en todo momento lo mejor para la Santa Madre
Iglesia, no está dispuesto a dejar de lado parte de su propio poder ni ciertos
métodos impropios de alguien que se considera así mismo religioso. Su continuo
enfrentamiento con el Papa, así como sus intentos por comprenderlo, centran
buena parte de la serie. También es un buen personaje el del Cardenal Spencer,
mentor del nuevo Papa y el mejor situado en las quinielas para ocupar la silla
de Pedro, antes de la sorpresa con la que comienza esta historia. Las ansias de
poder rigen la vida de este personaje interpretado por James Cromwell (L.A. Confidential).
Dentro de la curia vaticana
también merece la pena mencionar a los personajes interpretados por Scott
Shepherd (El puente de los espías),
el mejor amigo de Pío XIII y la excusa perfecta para que por medio de contados flashbacks conozcamos un poco mejor el
pasado común de ambos; o el actor español Javier Cámara, que se encontrará
inmerso en una de las subtramas más polémicas de toda la serie, la que tiene en
su centro la investigación por abuso de menores de un importante miembro de la
Iglesia norteamericana.
Estaba claro que ni la
presencia de la HBO en los títulos de
crédito ni la de su director, un artista de marcada personalidad, iban a librar
a la serie de cierta polémica, si bien es cierto que no es el leitmotiv principal de la misma. Aunque
es evidente que es provocadora, no se regodea en ello. Hay desnudos, cierto, y
el celibato no es algo a lo que se resistan todos los sacerdotes, pero no
estamos ante una nueva saga de los Borgia. De hecho, uno de los puntos con los
que el director y guionista juega constantemente es con la santidad o no del
Papa y si cederá finalmente a las tentaciones que le salen al paso, muchas de ellas orquestadas por
los suyos.
Aquí juegan un papel
fundamental otras dos actrices con papeles más que interesantes. La belga
Cécile de France –a la que vimos en Más
allá de la vida, la película de Clint Eastwood con Matt Damon- es la
encargada de prensa y marketing del Vaticano, lo que la convierte en una de las
más cercanas al Papa; y la prolífica Ludivine Sagnier en un papel mucho más
difícil, ya que encarna a la esposa de un miembro de la Guardia Suiza que queda
hechizada por la presencia del Pontífice y con el que acaba iniciando una
relación de amistad, con todo lo que ello conlleva.
Sorrentino tampoco está
interesado en dejar de lado temas espinosos, como la presencia de los milagros.
¿Nos encontramos en un mundo de ficción donde realmente existe Dios? O por el
contrario, ¿se trata de la historia de una institución milenaria que se dispone
a vivir su penúltima revolución? La pederastia, la lucha de poder dentro de la
cúpula romana o las misiones en África, que prácticamente se convierten en el
gobierno de unos pocos, son subtramas que van a ir desarrollándose a lo largo
de toda la temporada.
Dejando de lado la polémica
que puede surgir ante su visionado –el propio Vaticano no se ha pronunciado al
respecto, aunque en Italia su emisión tuvo una enorme repercusión- y teniendo
en cuenta el estupendo trabajo en la dirección de los actores, en especial con
un Jude Law que está magnífico; donde de verdad destaca esta serie es en su
diseño de producción y en el ritmo pausado que Sorrentino imprime al relato. Su
mirada está repleta de la belleza de los escenarios, pero también posee un
sentido del humor muy particular y no renuncia a escenas o situaciones que
rozan lo surrealista. El uso de la música –como en general todo el apartado
técnico, se nota que no han reparado en gastos- es muy acertado y un gran
ejemplo de todo esto lo tenemos en los geniales títulos de crédito, con el
juego que se marcan con los cuadros del fondo y el meteorito que aparece en
ellos –lo mismo se puede decir de ese Jude Law encarnando a un Papa cómplice
con el espectador-.
No sin cierta sorpresa, la HBO ha insistido en renovar a Sorrentino
y a su equipo para una nueva historia centrada en la ciudad del Vaticano. Y es
que lo que se nos cuenta en The Young
Pope es una trama prácticamente cerrada y está por ver si el director
querrá utilizar alguno de los personajes o situaciones que ha construido o, por
el contrario, preferirá empezar desde cero.
La verdad es que la serie
merece la pena pese a su desconcertante inicio y a su ritmo –demasiado-
pausado en muchas ocasiones, pero va ganando en intensidad con cada nuevo
episodio y su extensión al final es la justa y necesaria para
asegurar el disfrute.









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