Tercera colaboración seguida
para el director con el actor Mark Wahlberg tras El único superviviente
(2013) y Marea negra el año pasado y
tercera vez que adaptan una historia real para la gran pantalla, si bien esta
vez el personaje al que interpreta el actor de Dolor y dinero, The Figther o The Lovely Bones está inventado para la ocasión e introducido entre un buen montón de
personas reales.
A medio camino entre el género
documental y el drama más humano, sin renunciar a un par de buenas escenas de
acción policial, Berg adapta un libro sobre el atentado que tuvo lugar durante
la maratón de Boston en abril de 2013 y que dejó 3 muertos y 280 heridos.
La película presenta en su
primera media hora a un buen montón de personajes que a lo largo de la historia
tendrán su momento, aunque a priori no sabemos cuál será su papel. Una vez
tiene lugar el atentado, donde el director no elije regodearse con buen
criterio, da comienzo una trama de investigación y persecución trepidante que
no deja de lado la parte emocional del relato, de modo que no solo se muestran
los métodos policiales y la parte política de la difícil gestión, sino los
momentos de duelo y las consecuencias que sufren todos aquellos que estuvieron
implicados de una forma o de otra.
Apoyando a Wahlberg, que le
tiene tomada la medida a este tipo de papeles de hombre de la calle normal y
corriente desbordado por los acontecimientos, nos encontramos con un buen
plantel de grandes actores en papeles secundarios: John Goodman (El vuelo, Argo, Red State, En el centro de la tormenta, The Artist), Kevin Bacon (X-Men Primera Generación, The Following, Black Mass), Michelle Monaghan (True Detective), Melissa Benoist (la
nueva Supergirl) o J. K. Simmons (Whiplash,
Jobs).
Berg le saca partido al guión
que tiene entre manos, una mezcla hábil entre realidad y ficción que al final
queda como un testimonio de la dificultad que tuvo que superar el pueblo de
Boston –multicultural, por supuesto-. No es una película que quede prendada en
la retina, pero ofrece algo más de dos horas de buen entretenimiento, siempre y
cuando se le perdonen los momentos patrióticos y panfletarios.




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