martes, 18 de julio de 2017

La guerra del planeta de los simios, de Matt Reeves

Los enfrentamientos entre humanos y simios han degenerado en una guerra abierta sin cuartel, donde César sigue jugando un papel fundamental para la supervivencia de su raza. La llegada de un tenaz Coronel del ejército norteamericano no solo los ha puesto contra las cuerdas, sino que ha conseguido lo impensable: que el líder de los simios abandone su papel para entregarse a un camino de odio y venganza personal.
Fantásticos exteriores

Si en El origen del planeta de los simios (2011) se nos mostró el nacimiento de César, sus habilidades únicas y su posterior cruzada para liberar a los suyos del cautiverio al que se veían sometidos por los humanos; y en El amanecer del planeta de los simios (2014) lo veíamos evolucionar como líder, formar una familia propia y hacer todo lo posible por proteger a su especie de una cada vez más débil y menguante raza humana; en esta última entrega de la trilogía nos encontramos con un héroe cansado, incapaz de evitar la masacre de muchos de los suyos, harto de la guerra y acosado por su conciencia, incapaz de decidir qué es lo que tiene que hacer a continuación.

La guerra del planeta de los simios se convierte, al igual que sus predecesoras, en toda una sorpresa tanto para el conocedor de la mítica saga de ciencia-ficción de los años setenta como para el aficionado al cine de entretenimiento inteligente y bien hecho. Entre los productores y los guionistas –entre los que también figura Reeves- tenían claro que el público podía esperar una película bélica donde se dirimiera en una última batalla el destino de la humanidad, pero nada más lejos de la realidad. Hay escenas de lucha, en su comienzo y en un desenlace que se lo juega el todo por el todo, fantásticamente dirigidas por Reeves, que no para de crecer como director. Pero la historia tiene más de western que de guerra y consigue desarrollar a unos personajes protagonistas que, no lo olvidemos, no son solo simios, sino que buscan imponerse a nuestra propia raza.

Mucha culpa de ello tiene la fantástica interpretación de Andy Serkis (King Kong, Tintín) y el detalle que los efectos especiales otorgan a la expresividad de su personaje. Los simios que aquí aparecen han evolucionado con respecto a las entregas anteriores: andan más erguidos y se comunican cada vez más por medio de la palabra en detrimento del lenguaje de signos. Lo mismo se puede decir del resto de apartados técnicos: Reeves y su director de fotografía, Michael Seresin, se las apañan para crear estampas de gran belleza –muchas de ellas pequeños homenajes a la película original que lo empezó todo allá en 1968- y poco más hay que añadir de Michael Giacchino, uno de los compositores más en forma de la actualidad, ligado normalmente a producciones de Disney y que aquí tiene que lidiar con muchas escenas prácticamente mudas.


Le da la réplica con su carisma habitual Woody Harrelson, único actor reseñable que se mueve por el set sin un traje de captura de movimiento y que encaja como un guante en un enorme repertorio de papeles secundarios, ya sean de vis cómica (Bienvenidos a Zombieland, 2012) o de corte dramático (True Detective, Transsiberian, Siete almas). Su Coronel puede resultar algo arquetípico y previsible, pero tiene algunas líneas de diálogo de lo más interesantes y que destacan por su lucidez en medio de tanta falta de compasión, ya que no deja de prever con bastante acierto el desenlace de la situación en la que se encuentra.


En un momento en el que Hollywood languidece por su falta de originalidad, incapaz de realizar un blockbuster que no pertenezca a un universo ya conocido por el público, destaca con muchísima calidad esta trilogía precuela y remake de la saga de El planeta de los simios; que si bien no cumple con los requisitos de originalidad, sí que es capaz de desligarse del ruido y la simpleza a la que se entregan muchas superproducciones en época estival, ofreciendo un producto que no toma por tonto al espectador, que sabe qué historia quiere contar y cómo hacerlo, enriqueciendo de paso a una de las sagas de ciencia-ficción más importantes de la historia del cine y la literatura –todo empezó con la novela de Pierre Boulle, no lo olvidemos-. 
La creíble evolución física del protagonista

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