Los enfrentamientos entre
humanos y simios han degenerado en una guerra abierta sin cuartel, donde César
sigue jugando un papel fundamental para la supervivencia de su raza. La llegada
de un tenaz Coronel del ejército norteamericano no solo los ha puesto contra
las cuerdas, sino que ha conseguido lo impensable: que el líder de los simios
abandone su papel para entregarse a un camino de odio y venganza personal.
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| Fantásticos exteriores |
Si en El origen del planeta de los simios (2011) se nos mostró el
nacimiento de César, sus habilidades únicas y su posterior cruzada para liberar
a los suyos del cautiverio al que se veían sometidos por los humanos; y en El amanecer del planeta de los simios (2014)
lo veíamos evolucionar como líder, formar una familia propia y hacer todo lo posible
por proteger a su especie de una cada vez más débil y menguante raza humana; en
esta última entrega de la trilogía nos encontramos con un héroe cansado,
incapaz de evitar la masacre de muchos de los suyos, harto de la guerra y
acosado por su conciencia, incapaz de decidir qué es lo que tiene que hacer a
continuación.
La guerra del planeta de los simios se convierte, al igual que sus
predecesoras, en toda una sorpresa tanto para el conocedor de la mítica saga de
ciencia-ficción de los años setenta como para el aficionado al cine de
entretenimiento inteligente y bien hecho. Entre los productores y los
guionistas –entre los que también figura Reeves- tenían claro que el público
podía esperar una película bélica donde se dirimiera en una última batalla el
destino de la humanidad, pero nada más lejos de la realidad. Hay escenas de
lucha, en su comienzo y en un desenlace que se lo juega el todo por el todo,
fantásticamente dirigidas por Reeves, que no para de crecer como director. Pero
la historia tiene más de western que de guerra y consigue desarrollar a unos
personajes protagonistas que, no lo olvidemos, no son solo simios, sino que
buscan imponerse a nuestra propia raza.
Mucha culpa de ello tiene la
fantástica interpretación de Andy Serkis (King Kong, Tintín) y el detalle que los efectos especiales otorgan a la
expresividad de su personaje. Los simios que aquí aparecen han evolucionado con
respecto a las entregas anteriores: andan más erguidos y se comunican cada vez
más por medio de la palabra en detrimento del lenguaje de signos. Lo mismo se
puede decir del resto de apartados técnicos: Reeves y su director de
fotografía, Michael Seresin, se las apañan para crear estampas de gran belleza –muchas
de ellas pequeños homenajes a la película original que lo empezó todo allá en 1968-
y poco más hay que añadir de Michael Giacchino, uno de los compositores más en
forma de la actualidad, ligado normalmente a producciones de Disney y que aquí tiene que lidiar con
muchas escenas prácticamente mudas.
Le da la réplica con su
carisma habitual Woody Harrelson, único actor reseñable que se mueve por el set
sin un traje de captura de movimiento y que encaja como un guante en un enorme
repertorio de papeles secundarios, ya sean de vis cómica (Bienvenidos a Zombieland, 2012) o de corte dramático (True Detective, Transsiberian, Siete almas).
Su Coronel puede resultar algo arquetípico y previsible, pero tiene algunas líneas
de diálogo de lo más interesantes y que destacan por su lucidez en medio de
tanta falta de compasión, ya que no deja de prever con bastante acierto el desenlace
de la situación en la que se encuentra.
En un momento en el que
Hollywood languidece por su falta de originalidad, incapaz de realizar un blockbuster que no pertenezca a un
universo ya conocido por el público, destaca con muchísima calidad esta
trilogía precuela y remake de la saga de El
planeta de los simios; que si bien no cumple con los requisitos de
originalidad, sí que es capaz de desligarse del ruido y la simpleza a la que se
entregan muchas superproducciones en época estival, ofreciendo un producto que
no toma por tonto al espectador, que sabe qué historia quiere contar y cómo
hacerlo, enriqueciendo de paso a una de las sagas de ciencia-ficción más
importantes de la historia del cine y la literatura –todo empezó con la novela
de Pierre Boulle, no lo olvidemos-.
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| La creíble evolución física del protagonista |






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