Estrenada en diciembre de
2014, se convirtió rápidamente en uno de los mejores ejemplos del cine de
acción reciente que se pueden disfrutar en una pantalla de cine, con vibrantes
y elaboradas secuencias, un equipo de actores entregados a sus papeles y un sentido
del humor negro e inteligente que impedía que una superproducción de 90
millones de dólares cayera en uno de los errores más comunes de este tipo de
películas: tomarse demasiado en serio a sí misma.
En su centro tenemos una
historia no demasiado original pero a la que Vaughn y su colaboradora habitual,
la guionista Jane Goldman, logran sacar muchísimo partido a través del homenaje
y la parodia, adaptando de forma brillante –y superando con creces el material
original- The Secret Service, un
cómic creado por Mark Millar y Dave Gibbons que nos cuenta como un veterano
agente de un servicio secreto británico adopta bajo su manto a un joven
aprendiz sacado de un barrio humilde de Londres para que se convierta en un
nuevo espía. El guion de la película toma prestados del cómic muchas
situaciones y diálogos –muy gracioso el cameo de Mark Hamill (Star Wars)-, pero es capaz de llevar la
historia mucho más allá, homenajeando y renovando en todo momento el género de
espías que tiene a James Bond en su centro -la ambientación británica es
esencial-.
En ese aspecto resulta muy
acertada la elección de Colin Firth (El editor de libros, El topo, El retrato de Dorian Grey) como héroe de acción, a priori algo difícil
de comprender, pero que acaba siendo todo un éxito. El británico se ha caracterizado
por un determinado tipo de papel de snob o inglés estirado que ha explotado
hasta la saciedad y que acabó consiguiéndole un Oscar, precisamente
interpretando a un miembro de la realeza británica en El discurso del rey. Aquí no solo protagoniza varias coreografías
de acción, sino que una de ellas se encuentra entre lo mejor que se ha rodado
recientemente en el género. Le da la réplica la joven promesa Taron Egerton en
su primer papel importante (luego protagonizaría la simpática Eddie El Águila), con una gran química
entre ambos.
Acompañan a ambos actores
varios ejemplos de lo más granado que puede ofrecer la interpretación británica
en materia de secundarios: el veterano Michael Caine (Batman de Nolan, Interstellar, Origen, Harry Brown) y Mark
Strong (Sherlock Holmes, Camino a la libertad, Robin Hood). El primero encarna a la dirección de la Agencia mientras que
el segundo es el principal instructor y analista, de modo que someterá a una
serie de dificilísimas pruebas a los aspirantes a entrar en Kingsman –cuando Vaughn realizó X-Men: Primera Generación (2011), su
anterior película como director, también rodó una serie de secuencias basadas
en el entrenamiento de los futuros miembros de la Patrulla-X que eran de lo
mejor de la historia, con una mezcla muy acertada entre imagen y música que
aquí se repite-.
Merece la pena destacar a su
vez el villano creado por Samuel L. Jackson (Los odiosos ocho, Django desencadenado, El protegido) en una de esas interpretaciones un
poco excéntricas y salidas de tono a las que tanto provecho ha sacado en su ya
larga carrera. O la incorporación de varias actrices jóvenes como Sophie
Cookson o Sofia Boutella, ahora de moda con su participación en La momia, el relanzamiento de Universal de sus míticos personajes de
terror.
La idea de hacer una película
de espías que fuera muy divertida y al mismo tiempo respetuosa con la esencia
del género nació de la colaboración de Vaughn y Mark Millar, guionista escocés de cómic con el que había colaborado
anteriormente en Kick-Ass (2010). Lo
mejor que le pudo ocurrir al director fue el estrepitoso fracaso de Barridos por la marea en 2002, lo que le
obligó a tomar la decisión de abandonar su papel de productor de Guy Ritchie y
volcarse de lleno en labores de escritura y dirección, realizando su debut tras
las cámaras con la estimable Layer Cake
(2004), con un gran Daniel Craig antes de meterse en la piel del agente secreto
más famoso de todos los tiempos. Su segundo trabajo, quizás el menos aplaudido
y donde ya coincidió con Mark Strong, adaptaba una novela de fantasía de Neil
Gaiman, Stardust (2007). Y de ahí al
cine de superhéroes, género que no ha abandonado hasta ahora, ya que la secuela
de Kingsman, The Golden Circle, está a punto de estrenarse –Vaughn rechazó el
rodaje de X-Men: Días del Futuro Pasado
en detrimento de Brian Synger porque quería dedicarse en cuerpo y alma a
adaptar el cómic de Millar-.
El resultado, como ya he
comentado, no pudo ser más sobresaliente. Una propuesta rompedora, divertida y
entretenida, repleta de detalles en su guion en forma de diálogo y con varias
secuencias de acción muy trabajadas que incluso acaban sorprendiendo al
espectador. Y eso que algunas de ellas son muy exageradas y tienen un marcado
tono paródico -no hay que olvidar que uno de los villanos no tiene piernas, sino
unas prótesis con unas letales cuchillas-. Hay un momento en la secuencia final
en la que los protagonistas se encuentran acorralados y cuya resolución es
brillante. Y resulta imposible dejar de lado la cruenta escena que tiene lugar
dentro de la Iglesia en Kentucky –la película es violenta con ganas, con alguna
que otra escena fuerte- una de las mejores que recuerdo en tiempos recientes
–uno de los detalles que más me sorprendió de la dirección de Vaughn es que,
dejando de lado una preferencia por planos-secuencia, no cae en la tentación de
filmar todo de la misma forma, sino que es capaz de variar un poco su estilo-.
A Kingsman le fue muy bien en taquilla, donde superó la barrera de
los cuatrocientos millones de dólares de recaudación y la crítica también la
trató con amabilidad, resaltando la dirección de Vaughn, el tono de comedia de
acción y varias interpretaciones de sus protagonistas. No es de extrañar que el
director se enfrente ahora a su primera secuela, ni que Millar siga empeñado en
vender sus ideas para nuevas adaptaciones. Esperemos que se consiga mantener el
nivel de la producción y sobre todo ese equilibrio y tono británico que es en
realidad el alma de todo el cine de este artista y que aquí tiene un peso
específico e indispensable para su disfrute.







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