Tras Renacimiento, la última gran reinvención del universo superheroico
de DC Comics, parece que por fin se
ha puesto fin a una travesía por el desierto que, salvo en contadas ocasiones,
siempre la ha situado en un segundo puesto tras Marvel Comics, su principal competidora. Incapaz de ilusionar a los
aficionados más allá de anuncios puntuales, la veterana editorial se vio
obligada a recurrir a un viejo recurso que no siempre acaba de funcionar, pero
que al menos le ha permitido mantenerse en el candelero: volver la vista a los
grandes éxitos del pasado.
Así ha sido como obras y
conceptos que parecían intocables han vuelto a ser visibles en las tiendas
especializadas de todo el mundo, impulsadas tanto por la añoranza de los
aficionados que han releído los cómics originales cientos de veces como por la
calidad de los autores seleccionados. Eso no quita que el producto final sea
más o menos interesante o posea una calidad o relevancia que se acerque
siquiera a la de la obra original, pero el caso es que hemos vivido en los
últimos años una vuelta al universo de Watchmen
en forma de varias precuelas; el regreso de Neil Gaiman a su personaje más
emblemático, Sueño de los Eternos –en Obertura,
de nuevo una precuela- y, como no podía ser de otro modo, un nuevo acercamiento
de Frank Miller al Batman que desarrolló en El
regreso del Caballero Oscuro y que vino a revolucionar no solo al
personaje, sino al medio que lo vio nacer.
Curiosamente Miller ha optado
por una doble aproximación: por una parte ha creado una precuela –no podía
faltar- junto al dibujante John Romita Jr. en El regreso del Caballero Oscuro: la última cruzada. Mientras que
por otra ha elegido continuar la historia allí donde se quedó la última vez en
2002 con El contraataque del Caballero
Oscuro. El primero es un cómic más contenido, menos ambicioso y con un
mejor resultado final que el segundo, que para colmo se ha tardado más de año y
medio en ver publicado en nuestro país, como miniserie de nueve números.
Cuando se anunció el proyecto
resultó chocante el hecho de que el guionista Brian Azzarello (Superman: por el mañana, Cage, Hellblazer: tiempos difíciles) fuera elegido como compañero de Miller, algo que puede
achacarse a ciertos problemas de salud del mítico artista de obras como Batman Año Uno, Give Me Liberty o Big Guy y Rusty el Chico Robot. Esto siempre genera cierta incertidumbre sobre el
papel que juega el autor que al fin y al cabo usa su nombre como principal
reclamo de la obra y parece ser que Miller ya ha anunciado una mayor
implicación en historias todavía por venir, por lo que hemos visto hasta ahora
bien pueden haber sido una interpretación de Azzarello de las ideas de Miller.
Para el tablero de dibujo se eligió a un veterano que en DC Comics siempre es asociado a importantes proyectos: un Andy
Kubert que, al igual que hizo en ¿Qué le sucedió al Cruzado Enmascarado? de Neil Gaiman, adapta su estilo de dibujo
de manera que este recuerda poderosamente al que Miller utilizó en los años
ochenta para reformular a Batman, ayudado por un equipo de veteranos como Klaus
Janson a las tintas y Brad Anderson al color.
El dibujante de obras como Marvel 1602 o Lobezno: Origen está correcto en todo momento. Consigue mimetizar
su estilo sin sacrificar su particular narrativa y hay más de una página de
composición original e ilustraciones rompedoras que agradarán la vista de los
aficionados. Sin embargo a veces tengo la sensación de que Azzarello construye
su trama alrededor de estas, alargándola sin necesidad y metiendo mucho relleno
–hay una especie de prólogo a la verdadera historia, que no deja de ser una
nueva invasión del planeta Tierra por parte de kryptonianos, que no he
conseguido entender y que tiene como protagonista al nuevo Batman-.
Hay muchas situaciones que
ocurren porque sí y parece no ser necesaria una mayor explicación. Por si todo
esto no fuera suficiente, entre cada número se narra una historia realizada por
el propio Miller a los lápices, donde se puede apreciar lo mucho que ha sufrido
su acabado con el paso de los años. Se trata de un cuadernillo de pequeño
tamaño, donde ha recibido la ayuda de diversos entintadores y de dibujantes
como Eduardo Risso o Romita Jr.
En definitiva, la vuelta de
Miller se salda con una historia que como mucho resulta entretenida y que
parece que de nuevo equivoca el camino y opta por el uso de la violencia antes
que por un tratamiento novedoso de los principales personajes del Universo DC, con Batman a la cabeza. Los
autores implicados cumplen con lo que se les pide, pero está claro que la
necesaria renovación que ya va necesitando el cómic de superhéroes
norteamericano no pasa por esta cansina vuelta al pasado que tiene lugar una y
otra vez cada cierto tiempo, aunque la paciencia y la esperanza de los fans
parezca infinita.
ECC Comics se decidió por una edición doble en grapa y en tapa
dura. No conozco la segunda, pero la primera tiene un problema con la inclusión
del cuadernillo en las páginas centrales –pensado, supongo, para que pueda
extraerse sin mucho problema del interior del tebeo principal-. También ha
dejado fuera buena parte de las portadas alternativas de las que ha disfrutado
la obra y no hay ni un solo artículo que ayude a situarla en su contexto o
aporte algo de información sobre la misma. Sin embargo, en algunos de los
números se ha incluido páginas finales de Andy Kubert, entintadas y a falta del
color y diálogos, así como alguna que otra portada alternativa a cargo de Frank
Miller. Una edición, en mi opinión, mejorable, seguramente cuando se recopile
en tomo de tapa dura.






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