Creo que no hace falta
comentar que esta secuela del clásico de Ridley Scott debe encuadrarse dentro de la ciencia-ficción más reflexiva,
alejada de esa otra clase de propuestas más ruidosas donde el protagonismo en
realidad reside en un CGI dedicado a reproducir grandiosas explosiones. Es una
película en la línea de la anterior del director, Arrival, lo que me genera un problema nada desdeñable, ya que esta
última me ha parecido mucho más entretenida que esta vuelta al universo que
desarrollara en su momento Philip K. Dick, escritor de la novela original donde
se basa todo la historia en torno a los Blade Runners.
Y comento esto porque a priori
debería haber sido todo lo contrario, siendo como soy un fan del universo
ideado en la película del 82, que habré visto cientos de veces y cuyos diálogos
me sé prácticamente de memoria.
Villeneuve se enfrenta aquí a
su mayor reto desde que desembarcó en la meca del cine y si bien no hay nada
que objetar a su labor de dirección, con una ambientación soberbia que
potencia, homenajea y sobrepasa a la original, no se puede decir lo mismo del
conjunto de una historia a la que le sobra mucho metraje, que resulta
redundante en muchos de sus diálogos y a la que en definitiva le falta emoción.
Y esto es algo que no debe tomarse a la ligera, ya que se trata de un rasgo
bastante común en muchos cineastas que apuestan sin tapujos por un acabado
visual tan potente y perfecto como el que tenemos en esta película: la frialdad
que trasmiten al espectador.
El apartado técnico y
artístico es sobresaliente y no solo los efectos visuales, perfectamente
integrados con la historia, sino con planos y secuencias de enorme belleza, en
otro trabajo soberbio de Roger Deakins (Skyfall)
en la fotografía -no en vano estamos hablando de un profesional con 13
nominaciones a los Oscars-. La música de Hans Zimmer y Benjamin Wallfisch, que
sustituyeron a última hora al compositor habitual del director, Jóhann
Jóhannsson, en una de esas maniobras extrañas que ocurren de vez en cuando y de
las que casi nunca acabamos por saber toda la verdad, tan solo suma a la
creación de una atmósfera creíble e imprescindible que de verdad atrapa al
espectador, manteniéndolo hipnotizado buena parte del metraje.
Es una lástima que la historia
de Hampton Fancher –guionista original de la primera película- y Michael Green
(Logan) no acabe de despegar en
ningún momento. Resulta reiterativa, tanto en el uso de los diálogos como a la
hora de mostrar ciertas situaciones que ya hemos visto en otras películas
recientes (Her, por ejemplo). Y el
hecho de que se quede a medias entre una trama que continúa la original –aunque
ambientada treinta años después- pero que al mismo tiempo le debe demasiado,
rozando muchas veces el remake encubierto cuando debería haberse quedado tan
solo en el homenaje, buscando su propio camino.
Solo así se explica la
presencia de actores como Edward James Olmos (Battlestar Galactica) o la malograda Sean Young. Incluso el papel
de Harrison Ford parece irrelevante, sin que en ningún momento su actuación
parezca gran cosa. Es cierto que Ford ya no está para muchos trotes y que en
los últimos años de su carrera se ha dedicado a retomar sus viejos y míticos
personajes, como Indiana Jones, pero
no lo es menos que era de lo mejor de El despertar de la fuerza. De igual manera personajes secundarios como Robin
Wright y sobre todo Jared Leto, ganador del Oscar por Dallas Bayers Club, pasan demasiado desapercibidos, desaprovechados
en realidad.
Al menos hay dos papeles
femeninos interesantes. El de Ana de Armas, a la que conocemos bien desde que
protagonizara en televisión El internado;
y el de Sylvia Hoeks, actriz holandesa a la que descubrimos en La mejor oferta. Ambas giran en torno a
un Ryan Gosling muy comedido y tan frío como el resto de la película, con una
interpretación más en la línea de la que vimos en Drive que en otras más carismáticas, como La La Land.
Aun así resulta recomendable,
sobre todo en una sala de cine. Toca algún que otro tema trascendental en torno
a la naturaleza humana que merece una reflexión y el arco de K me parece
interesante. Es una pena que el mercado norteamericano no haya respondido con
el mismo entusiasmo que la crítica, aunque parece ser que la taquilla
internacional acabará salvando los muebles. Lo que no sé si será suficiente
para dar luz verde a una segunda secuela ya que en esta parte, con todo
acierto, se plantean muchos misterios que todavía se encuentran lejos de hallar
una solución.




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