He leído tres novelas de este
escritor nacido en Nagasaki y hay un rasgo común a todas ellas que no deja de
sorprenderme: todas tienen un ambiente y un estilo que evoca a lo británico sin
género de dudas. Y es que Ishiguro vive en Londres y lleva en Inglaterra desde
su más tierna infancia y aunque sus primeros trabajos sí volvían la vista hacia
su país, pronto dejó atrás esa etapa y se decidió por un determinado tipo de
historia repleta de melancolía, narrada en primera persona y donde el recuerdo
y la mirada al pasado tenían un papel determinante, algo que acabó mereciéndole
el Premio Booker con la publicación
de Lo que queda del día (1989).
También merece la pena
destacar una característica que resulta más fácil de apreciar en Nunca me abandones (2005), que deja de lado
el realismo para plantear un misterio muy sutil en torno a la naturaleza de una
serie de personas que conviven en un futuro cercano y reconocible para el
lector pero con alguna que otra diferencia importante con nuestro presente. Me
refiero a la capacidad del autor para narrar hechos extraordinarios con una
total naturalidad, rasgo que comparte con otros escritores más allegados al
género fantástico, como por ejemplo el también británico Neil Gaiman.
Curiosamente, en su última
novela publicada hasta la fecha y la última en ver la luz antes de ser
galardonado con el Premio Nobel de
Literatura el 5 de octubre de 2017, El
gigante enterrado (2015), podemos encontrarnos con varios elogios del
propio Gaiman. Y es que Ishiguro vuelve a dar un cambio drástico en lo que a
género se refiere y opta por una mezcla entre novela histórica de corte
medieval y la fantasía de caballeros y espadas que suele rodear a los mitos
artúricos. No en vano la acción se sitúa en una región inglesa donde británicos
y sajones han logrado dejar atrás sus cruentos enfrentamientos, pero cuya paz y
estabilidad se ve cada vez más amenazada conforme los logros del difunto rey
Arturo van quedando en el olvido.
La pérdida de recuerdos es uno
de los temas centrales de la novela, que deja de lado la primera persona para
apostar por un narrador omnisciente, centrando el punto de vista en una pareja
de ancianos que, conscientes de que hay algo en el ambiente que fuerza a los
seres humanos a olvidar continuamente hechos de su pasado, deciden emprender un
último viaje juntos en busca de un hijo al que vieron marchar muchos años antes
y al que desean volver a ver más que nada en el mundo. En su camino se
encontrarán con una serie de peligros que pondrán a prueba tanto su
determinación como la devoción que sienten el uno por el otro, aunque no todo
serán malas noticias: también hallarán compañeros de viaje, envueltos en el
misterio y con su propia agenda personal, que les servirán de ayuda en no pocas
ocasiones.
La historia posee una belleza
innegable, repleta de melancolía y aderezada con unos pocos elementos
fantásticos que la asemejan en muchas ocasiones a una gran fábula o cuento.
Pero también tiene en su centro una tierna y difícil historia de amor que tiene
en vilo al lector, ya que no resulta sencillo aventurar cuál será el destino
final de los protagonistas, ni siquiera si será o no un destino compartido. A
esto también ayuda que la trama va desarrollándose con diferentes misterios que
van desvelándose poco a poco, hasta alcanzar el clímax final.
Ha querido la casualidad que
Ishiguro fuera galardonado con el Nobel al tiempo que yo finalizaba su última
novela. No es un escritor muy prolífico, ya que en los últimos años se ha
repartido entre relatos cortos y guiones cinematográficos. Pero es uno de mis
favoritos y se me hace delicioso leerlo en su inglés original. Enhorabuena por
un premio bien merecido.


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