lunes, 9 de octubre de 2017

El gigante enterrado, de Kazuo Ishiguro

He leído tres novelas de este escritor nacido en Nagasaki y hay un rasgo común a todas ellas que no deja de sorprenderme: todas tienen un ambiente y un estilo que evoca a lo británico sin género de dudas. Y es que Ishiguro vive en Londres y lleva en Inglaterra desde su más tierna infancia y aunque sus primeros trabajos sí volvían la vista hacia su país, pronto dejó atrás esa etapa y se decidió por un determinado tipo de historia repleta de melancolía, narrada en primera persona y donde el recuerdo y la mirada al pasado tenían un papel determinante, algo que acabó mereciéndole el Premio Booker con la publicación de Lo que queda del día (1989).

También merece la pena destacar una característica que resulta más fácil de apreciar en Nunca me abandones (2005), que deja de lado el realismo para plantear un misterio muy sutil en torno a la naturaleza de una serie de personas que conviven en un futuro cercano y reconocible para el lector pero con alguna que otra diferencia importante con nuestro presente. Me refiero a la capacidad del autor para narrar hechos extraordinarios con una total naturalidad, rasgo que comparte con otros escritores más allegados al género fantástico, como por ejemplo el también británico Neil Gaiman.

Curiosamente, en su última novela publicada hasta la fecha y la última en ver la luz antes de ser galardonado con el Premio Nobel de Literatura el 5 de octubre de 2017, El gigante enterrado (2015), podemos encontrarnos con varios elogios del propio Gaiman. Y es que Ishiguro vuelve a dar un cambio drástico en lo que a género se refiere y opta por una mezcla entre novela histórica de corte medieval y la fantasía de caballeros y espadas que suele rodear a los mitos artúricos. No en vano la acción se sitúa en una región inglesa donde británicos y sajones han logrado dejar atrás sus cruentos enfrentamientos, pero cuya paz y estabilidad se ve cada vez más amenazada conforme los logros del difunto rey Arturo van quedando en el olvido.

La pérdida de recuerdos es uno de los temas centrales de la novela, que deja de lado la primera persona para apostar por un narrador omnisciente, centrando el punto de vista en una pareja de ancianos que, conscientes de que hay algo en el ambiente que fuerza a los seres humanos a olvidar continuamente hechos de su pasado, deciden emprender un último viaje juntos en busca de un hijo al que vieron marchar muchos años antes y al que desean volver a ver más que nada en el mundo. En su camino se encontrarán con una serie de peligros que pondrán a prueba tanto su determinación como la devoción que sienten el uno por el otro, aunque no todo serán malas noticias: también hallarán compañeros de viaje, envueltos en el misterio y con su propia agenda personal, que les servirán de ayuda en no pocas ocasiones.
 
Ilustración de Rob Vall
La historia posee una belleza innegable, repleta de melancolía y aderezada con unos pocos elementos fantásticos que la asemejan en muchas ocasiones a una gran fábula o cuento. Pero también tiene en su centro una tierna y difícil historia de amor que tiene en vilo al lector, ya que no resulta sencillo aventurar cuál será el destino final de los protagonistas, ni siquiera si será o no un destino compartido. A esto también ayuda que la trama va desarrollándose con diferentes misterios que van desvelándose poco a poco, hasta alcanzar el clímax final.


Ha querido la casualidad que Ishiguro fuera galardonado con el Nobel al tiempo que yo finalizaba su última novela. No es un escritor muy prolífico, ya que en los últimos años se ha repartido entre relatos cortos y guiones cinematográficos. Pero es uno de mis favoritos y se me hace delicioso leerlo en su inglés original. Enhorabuena por un premio bien merecido. 

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