martes, 3 de octubre de 2017

Patria, de Fernando Aramburu

Cuando apenas ha transcurrido un año desde su publicación en noviembre de 2016, Patria ha sobrepasado ya las veinte ediciones y ha comenzado una carrera internacional que le augura no menos éxito y reconocimiento que en nuestro país, donde hay que destacar el aplauso de la crítica y la prensa especializada y la consecución de algunos importantes premios literarios, como el de la Crítica o el Francisco Umbral, algo que no pilla de nuevo al autor porque Aramburu lleva más de veinte años dedicado a la literatura, la poesía, el ensayo o la traducción. El público está respondiendo muy bien y está claro que es el libro del momento en España: no hay más que echar un ojo a las novelas que los lectores cargan en el metro o recordar las largas colas que se formaron en la última Feria del Libro de Madrid, donde Aramburu se hartó de firmar.

Dedicado ya por completo a la literatura desde hace varios años, Aramburu abandonó la docencia que practicaba en Alemania, donde reside desde hace décadas. Él es nacido en Donostia, en 1959, uno de los escenarios principales donde se desarrolla esta novela, junto a un pueblo cercano a la capital guipuzcoana donde residen dos familias de clase trabajadora, amigas de toda la vida, que ven como su relación queda completamente destruida cuando el Txato, pequeño empresario del negocio de transportes, es señalado por la Izquierda Abertzale por negarse a continuar pagando el Impuesto Revolucionario. Se inicia así una campaña de desprestigio, de aislamiento, acoso y derribo, que comienza con insultantes pintadas, continúa con pequeños sabotajes y acaba finalmente con el asesinato del pobre hombre.

Aramburu elige una forma de narrar un tanto curiosa y algo arriesgada, porque la repetición del recurso literario puede llegar a cansar en algunos momentos. La novela comienza con el anuncio por parte de ETA de su desarme y del inicio de la paz, cuando el Txato lleva ya varios años muerto. Mientras ambas familias intentan lidiar con esta buena nueva, Aramburu vuelve continuamente la vista al pasado para ir desentrañando los momentos más importantes de sus vidas. Es evidente que el terrorismo los ha marcado a fuego, pero el drama que se va desarrollando ante los ojos del lector abarca muchos aspectos diferentes de la vida: los estudios de los hijos, sus relaciones afectivas, los problemas laborales, la enfermedad y por supuesto la conciencia, los remordimientos y el miedo.

El pasado que se nos presenta ante nuestros ojos no lo hace de forma lineal y el autor prefiere ir saltando en el tiempo de forma caprichosa e intercambiando a los personajes cuando le parece oportuno, de forma que se genera un cierto interés por descubrir qué ha ocurrido para que dos familias que se querían con locura se conviertan en auténticos desconocidos –Bittori, la viuda, tan solo quiere un cierre al dolor de su vida mientras que Miren, antaño su amiga, se ha radicalizado a raíz de que su hijo mayor Joxe Mari, que se encuentra en la cárcel en el momento presente, se uniera a la banda armada-.

La novela tiene muchos momentos jugosos, sobre todo en torno a la significación del personaje del Txato y al vacío al que le someten sus propios vecinos, tanto a él como a su familia. La presión que ejerce la propia sociedad por el simple hecho de echarse a un lado y dejar hacer a los que cometen más ruido. Todo lo que tiene que ver con la educación de los jóvenes y los ideales caducos y partidistas en los que los obligan a creer. O la transformación y radicalización de algunos miembros de la familia –el de la matriarca Miren es espeluznante-.

Quizás resulte un poco denso todo el peso del drama familiar que no tiene que ver directamente con la relación con ETA, aunque ayuda a perfilar a otros personajes. Los desengaños amorosos de Nerea, la enfermedad de Arantxa o la relación de Gorka con la hija de su compañero sentimental.

También me ha gustado lo relacionado directamente con ETA, el funcionamiento de los Comandos aislados, lo cutre de algunas de sus operaciones y sobre todo la convivencia en la cárcel. En estos aspectos Aramburu no evita la violencia en ninguno de los dos bandos e incluso narra alguna tortura por parte de la Guardia Civil. Es en esta parte donde he encontrado más críticas negativas en la red, en torno a la caracterización un tanto arquetípica de los terroristas -muy malos y muy convencidos, pero poco razonables-.

Cuando se habla tanto de un libro como este, es difícil para un lector empedernido resistirse a la tentación de leerlo. Pero eso hace mucho más difícil juzgarlo, por la enorme cantidad de ruido que hay a su alrededor. Creo que tiene partes muy interesantes y que la estructura a veces funciona como misterio que va siendo revelado poco a poco que mantiene el interés; y otras parece que interrumpe la narración en no pocas ocasiones sin venir mucho a cuento –Aramburu intenta mantener el ritmo a base de muchos capítulos y de duración no muy extensa-.

No sé si es un libro necesario, pero sí recomendable. Su estructura narrativa no es la lineal a la que estamos acostumbrados y a la que recurren la mayoría de los autores; y lo que está claro es que el tema central es importante y lo suficientemente desconocido como para generar interés. Dependerá ya de cada uno el otorgarle más o menos veracidad –sigue siendo una novela, no un ensayo, no hay que olvidarse de este punto- según su propia experiencia o creencias.
El autor

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