Cuando apenas ha transcurrido
un año desde su publicación en noviembre de 2016, Patria ha sobrepasado ya las veinte ediciones y ha comenzado una
carrera internacional que le augura no menos éxito y reconocimiento que en
nuestro país, donde hay que destacar el aplauso de la crítica y la prensa
especializada y la consecución de algunos importantes premios literarios, como
el de la Crítica o el Francisco Umbral, algo que no pilla de nuevo al autor
porque Aramburu lleva más de veinte años dedicado a la literatura, la poesía,
el ensayo o la traducción. El público está respondiendo muy bien y está claro
que es el libro del momento en España: no hay más que echar un ojo a las
novelas que los lectores cargan en el metro o recordar las largas colas que se
formaron en la última Feria del Libro de Madrid, donde Aramburu se hartó de
firmar.
Dedicado ya por completo a la
literatura desde hace varios años, Aramburu abandonó la docencia que practicaba
en Alemania, donde reside desde hace décadas. Él es nacido en Donostia, en
1959, uno de los escenarios principales donde se desarrolla esta novela, junto
a un pueblo cercano a la capital guipuzcoana donde residen dos familias de
clase trabajadora, amigas de toda la vida, que ven como su relación queda
completamente destruida cuando el Txato, pequeño empresario del negocio de
transportes, es señalado por la Izquierda Abertzale por negarse a continuar
pagando el Impuesto Revolucionario. Se inicia así una campaña de desprestigio, de
aislamiento, acoso y derribo, que comienza con insultantes pintadas, continúa
con pequeños sabotajes y acaba finalmente con el asesinato del pobre hombre.
Aramburu elige una forma de
narrar un tanto curiosa y algo arriesgada, porque la repetición del recurso
literario puede llegar a cansar en algunos momentos. La novela comienza con el
anuncio por parte de ETA de su desarme y del inicio de la paz, cuando el Txato
lleva ya varios años muerto. Mientras ambas familias intentan lidiar con esta
buena nueva, Aramburu vuelve continuamente la vista al pasado para ir
desentrañando los momentos más importantes de sus vidas. Es evidente que el terrorismo
los ha marcado a fuego, pero el drama que se va desarrollando ante los ojos del
lector abarca muchos aspectos diferentes de la vida: los estudios de los hijos,
sus relaciones afectivas, los problemas laborales, la enfermedad y por supuesto
la conciencia, los remordimientos y el miedo.
El pasado que se nos presenta
ante nuestros ojos no lo hace de forma lineal y el autor prefiere ir saltando
en el tiempo de forma caprichosa e intercambiando a los personajes cuando le
parece oportuno, de forma que se genera un cierto interés por descubrir qué ha
ocurrido para que dos familias que se querían con locura se conviertan en
auténticos desconocidos –Bittori, la viuda, tan solo quiere un cierre al dolor
de su vida mientras que Miren, antaño su amiga, se ha radicalizado a raíz de
que su hijo mayor Joxe Mari, que se encuentra en la cárcel en el momento
presente, se uniera a la banda armada-.
La novela tiene muchos
momentos jugosos, sobre todo en torno a la significación del personaje del
Txato y al vacío al que le someten sus propios vecinos, tanto a él como a su
familia. La presión que ejerce la propia sociedad por el simple hecho de
echarse a un lado y dejar hacer a los que cometen más ruido. Todo lo que tiene
que ver con la educación de los jóvenes y los ideales caducos y partidistas en
los que los obligan a creer. O la transformación y radicalización de algunos
miembros de la familia –el de la matriarca Miren es espeluznante-.
Quizás resulte un poco denso
todo el peso del drama familiar que no tiene que ver directamente con la
relación con ETA, aunque ayuda a perfilar a otros personajes. Los desengaños
amorosos de Nerea, la enfermedad de Arantxa o la relación de Gorka con la hija
de su compañero sentimental.
También me ha gustado lo
relacionado directamente con ETA, el funcionamiento de los Comandos aislados,
lo cutre de algunas de sus operaciones y sobre todo la convivencia en la
cárcel. En estos aspectos Aramburu no evita la violencia en ninguno de los dos
bandos e incluso narra alguna tortura por parte de la Guardia Civil. Es en esta
parte donde he encontrado más críticas negativas en la red, en torno a la
caracterización un tanto arquetípica de los terroristas -muy malos y muy
convencidos, pero poco razonables-.
Cuando se habla tanto de un
libro como este, es difícil para un lector empedernido resistirse a la
tentación de leerlo. Pero eso hace mucho más difícil juzgarlo, por la enorme
cantidad de ruido que hay a su alrededor. Creo que tiene partes muy
interesantes y que la estructura a veces funciona como misterio que va siendo
revelado poco a poco que mantiene el interés; y otras parece que interrumpe la
narración en no pocas ocasiones sin venir mucho a cuento –Aramburu intenta
mantener el ritmo a base de muchos capítulos y de duración no muy extensa-.
No sé si es un libro
necesario, pero sí recomendable. Su estructura narrativa no es la lineal a la
que estamos acostumbrados y a la que recurren la mayoría de los autores; y lo
que está claro es que el tema central es importante y lo suficientemente desconocido
como para generar interés. Dependerá ya de cada uno el otorgarle más o menos
veracidad –sigue siendo una novela, no un ensayo, no hay que olvidarse de este
punto- según su propia experiencia o creencias.
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