Una obra maestra suele ser el
resultado de una cuidadosa planificación y de una perfecta ejecución por parte
del artista o artistas implicados en ella. Raras veces, por no decir nunca, es
fruto de la improvisación, del azar o de un conjunto de sucesos inconexos entre
sí.
Blade Runner (1982) no es una obra maestra. Sus imperfecciones son muchas y
saltan a la vista: la trama policiaca no es nada del otro mundo, de hecho es
terriblemente sencilla; a lo largo de sus dos horas de metraje hay muchas
imágenes, planos e incluso secuencias que no se sabe muy bien qué hacen ahí y
que le otorgan un tono bastante pedante al conjunto y la historia de amor está
cogida con pinzas, insertada de manera un tanto brusca en la trama principal.
Incluso el ritmo decae en ciertas ocasiones, provocando algún bostezo
involuntario en los espectadores desprevenidos.
Pero aun así, Blade Runner es una película bellísima y
cautivadora a la que el término obra de
culto le viene a la perfección. Desconozco cuál fue la primera producción
que se describió con estas palabras, pero no me extrañaría que hubiera nacido
para esta historia. Primero fue un fracaso comercial, luego una película de
culto y finalmente un clásico de la historia del cine.
Yo me crié con esta película,
con la primera versión que se estrenó en cines con la mítica voz en off del
agente Deckard describiéndose a sí mismo como ex Blade Runner, ex policía, ex asesino y el happy ending que luego resultó estar filmado por el mismísimo
Stanley Kubrick.
Luego llegó la Versión del Director en los años
noventa, ya sin lo comentado en el párrafo anterior, con una secuencia onírica
y ese final distinto, ambas escenas entrelazadas por la figura del unicornio.
Pero no fue hasta el veinticinco aniversario que se estrenó un nuevo Montaje Final, esta vez con la
participación directa de Ridley Scott –con el que no habían contado en la
hipotética versión del director- donde aprovechando las nuevas tecnologías se
remasterizaron los colores, los sonidos y se potenció la banda sonora de
Vangelis, que había sufrido mucho en los montajes anteriores. Incluso se corrigió
un error que había subsistido a las continuas revisiones, aclarando de una vez
por todas el destino del sexto Nexus-6.
Blade Runner es una de las películas que más se disfrutan con
sucesivos visionados. No en vano estamos hablando de una historia que ha sido
remontada hasta en siete ocasiones. Y es que tras la primera versión de Scott y
el rechazo que esta generó en los primeros pases, donde nadie entendió
prácticamente nada de lo que se veía en pantalla, los productores tomaron el
control y fue cuando añadieron la voz del protagonista, con la esperanza de que
ayudara al público a entender algo de lo que se estaba contando. Esto molestó
mucho tanto a Scott como a Harrison Ford, que se vio obligado a realizar largas
sesiones de doblaje tras una de las peores experiencias que había tenido en un
set de rodaje –el famoso actor siempre ha admitido las dificultades con las que
se enfrentó a un guion que no llegó a comprender en ningún momento, así como
los enfrentamientos entre él mismo, Ridley Scott y Sean Young, a la que ambos
echaban en cara su juventud e inexperiencia-. Ford iba camino de convertirse en
una gran estrella tras los estrenos consecutivos de El Imperio contraataca y En
busca del arca perdida y chocó de lleno con un director que, pese a tener
en su haber tan solo dos películas, no era ningún recién llegado a la
industria, sino un profesional con amplia experiencia en otros campos como la
publicidad.
Scott siempre me ha parecido
un director apabullante visualmente, pero también alguien que ha demostrado que
el guion de las historias que quería contar nunca ha sido su principal
prioridad –ni probablemente la segunda o la tercera-. Cuando Philip K. Dick, el
Jack Kerouac de la ciencia-ficción norteamericana, escribió ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?
a mediados de la década de los sesenta, Harrison Ford daba los primeros pasos
de su exitosa carrera y fueron varios los directores que se interesaron por el
proyecto. No fue hasta 1982, mismo año de la muerte de Dick, que se estrenaría
la película tras dos grandes reescrituras de guion –tanto Hampton Fancher como
David Peoples aparecen acreditados en los títulos de la película. El nombre de
Peoples permanece junto al de títulos míticos como Lady Halcón (1985), Sin
perdón (1992), Héroe por accidente
(1992), Doce monos (1995) o una
fallida vuelta al universo de Blade Runner con Kurt Russell, Soldier (1998)-. El caso es que Scott
tomó un pequeño monólogo del protagonista que se servía a continuación de la
mítica escena en la azotea del Bradbury -y que nunca llegó a rodarse- de manera
literal y no metafórica, rehaciendo la película a su antojo y cargando las
tintas en la ambigüedad que rodea a la verdadera naturaleza de Deckard. Scott
ha dicho por activa y por pasiva que Deckard es un replicante, pero tengo que decir que a lo largo de toda la película
hay tantas pistas que apuntan a ello como a lo contrario. De hecho todo el
juego en torno al unicornio podría perfectamente referirse al personaje de
Rachel, ya que ella sí que es única en su especie.
Pero como he comentado antes,
Scott es un narrador puramente visual y la coherencia del relato en ese aspecto
le importaba bastante poco. En ese momento lo que de verdad ocupaba su atención
era desarrollar un ambiente único y reconocible, de igual manera que en su
anterior película, la fundacional Alien,el octavo pasajero (1979). Una vez elegido el tono noir de la historia, esa Los Angeles ambientada en noviembre de
2019 que ha sido fuente de inspiración de buena parte de la ciencia-ficción
moderna, oscura, lluviosa y repleta de anuncios luminosos y de contrastes de
luz, fue fruto de una serie de circunstancias irrepetibles. En un principio
nadie tenía ni idea de como plasmarla y la leyenda cuenta que la inspiración le
vino a Scott gracias a The Long Tomorrow,
un cómic guionizado por Dan O’Bannon, mítico creador que estuvo relacionado con
John Carpenter en la realización de Dark Star (1974), con el propio Scott en Alien
y que años después volvería sobre la obra de Dick, concretamente en 1990 con Desafío Total. El dibujante de ese
tebeo no era otro que Moebius (El Incal),
que en esa época se encontraba relacionado con varios proyectos creativos en
Hollywood.
Pero lo que finalmente dio el
pistoletazo de salida fue la contratación de Syd Mead, al que Scott acabó
comprando todos sus diseños y que introdujo la verdadera esencia de la
metrópoli que vemos en pantalla: normalmente las ciudades no son destruidas y
luego reconstruidas, sino que suelen expandirse a diferentes niveles,
conservando en muchas ocasiones los vestigios de su pasado. Mead apostó por una
ciudad que hubiera crecido hacia arriba, conservando en sus estratos más bajos
su esencia más clásica y antigua, así como por una influencia oriental, ya que
tras la II Guerra Mundial había estado destinado en territorio japonés. También
participó en el diseño de los vehículos e inició así una brillante carrera en
Hollywood como diseñador –en la época de Blade
Runner ni siquiera pudo aparecer como director artístico ya que no estaba
sindicado, así que el tío se autodenominó como “Visual Futurist”. Con dos
cojones-.
A un Ford ansioso por dar un
giro dramático a su carrera se unió un entregado y magnético Rutger Hauer, que
acabaría ingresando por derecho propio en la historia del cine gracias tanto a
su caracterización e interpretación como a ese mítico monólogo final. Los
secundarios, por otro lado, no tienen un peso específico. Daryl Hannah o
William Sanderson son rostros de sobra conocidos. Como mucho vale la pena
destacar a un joven Edward James Olmos, que se inventó la jerga con la que
interpela al protagonista –como curiosidad, algo de esto había en los
juramentos y tacos de Battlestar Galactica y es que el lenguaje evoluciona de igual manera que lo hace la
arquitectura o la tecnología-.
Dick, que gustaba de jugar con
la religión, la percepción de la realidad, la filosofía o la metafísica, sirvió
de base para una película que acabó superando con creces la repercusión de la
novela en la que estaba basada y de la que tomó prestados algunos conceptos que
luego desarrolló en direcciones bien diferentes y que intentaba dar respuesta a
una vieja pregunta que ha planeado a lo largo y ancho de la historia de la
ciencia-ficción: ¿qué es lo que nos hace humanos? ¿La empatía, como afirma el
test Voight-Kampff? ¿Los recuerdos y vivencias personales, algo a lo que parece
aferrarse con desesperación Rachel? ¿O algo todavía más profundo y complejo?
Es una suerte que Scott y Ford
hicieran las paces hace ya años. La presencia del mítico actor, que
paradójicamente se encuentra sobreviviendo en su vejez a base de revisitar los
papeles de su juventud, viene a insuflar una nueva vida a la secuela que está a
punto de estrenarse y que, esperemos, arroje luz definitiva sobre su verdadera
naturaleza. Scott por su parte ha elegido centrarse en labores de producción,
cediendo el testigo a Dennis Villeneuve, que ya demostró moverse como pez en el
agua dentro del género con Arrival. Tal
y como ocurriera con Alien: Covenant,
una serie de cortos han sido hechos públicos para que sirvan de puente y
prólogo a la secuela, ambientada en el 2049.
Pero si algo tengo claro es
que lo mejor de esta nueva vuelta al universo de Blade Runner es, precisamente, la posibilidad de revisitar una vez
más la película original, una de las más enigmáticas e interesantes de la fecunda
década de los ochenta; fundamental dentro del género al que pertenece –y al que
Dick tanto ha aportado, el último gran ejemplo fue Minority Report-, repleta de imágenes y diálogos imprescindibles y,
como se ha descubierto con el paso del tiempo, fruto de una serie de
circunstancias cuyo resultado final no debería haber nunca funcionado. Y sin embargo,
lo hizo.









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