Publicada en 1998, se trata de
una de las novelas más logradas de la serie Kenzie-Gennaro, la pareja de
detectives especializados en personas desaparecidas que habitan en Dorchester,
un barrio de origen irlandés de la ciudad de Boston.
Lehane ha ido desarrollando a
sus personajes a lo largo de las tres entregas anteriores y han pasado de
amigos de toda la vida a compañeros de trabajo; y finalmente han iniciado una
relación romántica que tiene muchos visos de ser la definitiva, siempre y
cuando su profesión no se meta demasiado en sus planes de vida. Se trata de un
aspecto que está muy logrado en toda la saga: los personajes principales se van
viendo afectados por todo aquello que les rodea. Ambos se han visto envueltos
en una cruenta guerra de bandas; han sobrevivido a un asesino en serie que les
ha dejado secuelas físicas y psicológicas y se vieron mezclados en una saga
familiar de venganza y violencia de la que salieron vivos con mucha dificultad.
Es por eso que se han tomado
un periodo semivacacional donde solo se ocupan de casos de fácil resolución.
Sus caras son conocidas en la ciudad, ya que varios de las investigaciones
donde trabajaron tuvieron una enorme repercusión mediática, así que no les
faltan clientes. Hasta que llama a su puerta un matrimonio que quiere
encargarles la búsqueda de una niña de cuatro años, su sobrina, que ha
desaparecido de su casa sin dejar rastro.
Aunque al principio son muy
reacios a la hora de aceptar el encargo –la policía se ha volcado con la
búsqueda, la prensa y la televisión están muy pendientes del asunto y su estado
personal y emocional no es el más adecuado para meterse en un mundo de niños
desaparecidos-, al final acaban colaborando con una pareja de policías
pertenecientes a una unidad especial de maltrato infantil, ya que hay varios
elementos que resultan intrigantes, el primero de ellos que la propia madre de
la niña no parece muy comprometida con la búsqueda.
Las novelas de Kenzie y
Gennaro no se caracterizan por un tratamiento banal de la violencia o una especial
atención a lo sórdido. Lehane maneja muy bien estos aspectos teniendo en cuenta
que la pareja de detectives se enfrenta en numerosas ocasiones a lo peor que
puede dar de sí la sociedad norteamericana moderna. Construye escenas repletas
de tensión y acción –en esta novela hay más de una- que normalmente acaban con
una ensalada de tiros y varios muertos, pero nunca se regodea demasiado en lo
más escabroso. Lo que sí consigue es que lo que el lector va descubriendo
afecte, y mucho, a sus protagonistas.
Una de las herramientas de las
que se sirve para lograr este difícil equilibrio es la primera persona del
singular que utiliza como narrador, siendo el punto de vista de Patrick Kenzie,
un tío normal que vive y trabaja en el mismo barrio donde nació y se crio –lo
que le da la oportunidad de relacionarse con un buen montón de conocidos de su
juventud que igual que él no han abandonado el nido y que ahora son policías,
periodistas, narcotraficantes o amigos del alma con tendencias psicópatas-.
Kenzie posee un punto de ironía y de cinismo que introduce cierto sentido del
humor en lo que se está contando, que sin duda ayuda a sobrellevar una historia
que tiene en su corazón el maltrato de menores de edad, un tema al que resulta
muy difícil acercarse con buen gusto.
La investigación, como viene
siendo habitual en la serie, está llevada con cierto realismo y no recurre
demasiado el viejo truco de los “encuentros casuales”, aunque en esta ocasión
transcurre a lo largo de un periodo de tiempo largo –en un momento se pierde la
pista y tienen que pasar unos meses para que se retome la investigación, que va
complicándose más de la cuenta, como no podía ser de otra forma-.
Nueve años después de su
publicación, Ben Affleck la eligió para adaptarla a la gran pantalla en lo que
fue su debut como director. Aunque en taquilla funcionó lo justo, entre la
crítica gustó bastante, en especial el papel secundario de Amy Ryan, que consiguió sendas
nominaciones a los Oscars y a los Globos de Oro. El título en español, Adiós pequeña, adiós, resulta más
acertado que el elegido para la novela, aunque lo verdaderamente importante, la
caracterización de ambos protagonistas, no queda demasiado bien ya que si bien
es cierto que el Kenzie de Casey Affleck tiene un pase, la Gennaro de Michelle Monaghan no me convenció nada.
Affleck, más preocupado por parecerse a Clint Eastwood que por otra cosa,
adapta un guion que suaviza y mucho lo que se cuenta en la novela, aunque se
trate de una película para mayores de 18 años.



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