El fenómeno Stranger Things que se vivió el año
pasado fue tan grande que era evidente que Netflix
no iba a dejarlo pasar fácilmente. Así que pronto se anunció su continuación
con los hermanos Duffer a bordo, que han tenido poco más de un año para
preparar su segunda temporada al hacer coincidir su estreno con Halloween, ya
que la historia que se nos narra está ambientada en el mismo día de 1984.
Lo que ocurre con esta segunda
tanda de episodios es que de nuevo el modelo Netflix se sitúa por encima de la calidad final del producto. De
igual manera que está ocurriendo con las series ambientadas en el Marvel Cinematic Universe, la imposición
de estrenar prácticamente cada año y con todos los capítulos ya rodados impide
un despegue creativo de importancia. Los Duffer son conscientes de ello y
tienen claro qué aspectos es mejor no tocar demasiado no vayan a romperse. Eso
nos ha dejado una temporada repleta de altibajos, con cosas buenas y malas y,
sobre todo, con la sensación de que no es más de lo que ya hemos visto con
anterioridad.
El primer acierto ha sido la
apuesta por un formato más cercano a la secuela cinematográfica que a la
continuación seriada, ya que también ha transcurrido un año en la ficción. Eso
trae consigo una serie de premisas tan positivas como negativas: por un lado
nos encontramos ante una fórmula de éxito más que probada –the bigger the better- a la que no han podido resistirse conocidas
franquicias como las de Alien o Depredador. Pero por otro la hace previsible,
mucho más que su predecesora, ya que también se han incorporado muchos de los
elementos que nos llamaron la atención el año pasado –por ejemplo, el dibujo de
los túneles viene a sustituir al entramado de bombillas con el que Will se
comunicaba con su madre desde el otro lado-.
Tampoco parece muy inteligente
dividir la acción en varios frentes durante tantos episodios, porque se pierde
uno de los grandes descubrimientos de la primera temporada: el carisma que
desprendían los chavales cuando se encontraban interaccionando juntos. Con
Eleven perdida en su cruzada personal, Mike prácticamente desaparecido y
Jonathan y Nancy persiguiendo teorías conspiranoicas –que no son más que un Fan Service porque había que recuperar a
Barb de alguna manera, tras el curioso fenómeno Boba Fett que vivió su
personaje-; tan solo nos queda la extraña pareja que forman Steve y Dustin, dos
personajes tan antagónicos que su unión resulta genial –el típico malote de
instituto, guapo y carismático, junto a un chaval algo excéntrico y friki-.
Al menos las dos
incorporaciones nuevas al reparto coral de la serie cumplen sobradamente: Max,
la nueva integrante del grupo de chavales y Bob, interpretado por Sean Astin (The Strain), objeto de un evidente y
facilón homenaje, ya que él mismo protagonizó una de las películas ochenteras a
las que más recuerda esta serie, Los
Goonies.
Las referencias siguen siendo
una marca de fábrica indispensable para engancharse a esta serie, pero, como
todo lo demás, ha perdido la novedad y en muchas ocasiones parece más un peaje
a pagar que un verdadero homenaje a una forma de hacer y entender el cine que
conquistó a muchos jóvenes en la década de los ochenta. De hecho, aunque se han
escuchado rumores de que los Duffer tienen pensadas hasta tres temporadas más,
la verdad es que de esta forma podrían seguir hasta el infinito y más allá, ya
que la fórmula sigue siendo entretenida pese a ser esencialmente la misma. La
mezcla de misterio, aventura y drama familiar aderezado con pequeñas dosis de
terror o elementos más propios del thriller es adecuada y la producción es más
que solvente. La nostalgia de buena parte de los telespectadores y el buen
hacer de la cadena a la hora de promocionar sus productos hacen el resto.





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