Dura y con un tono decadente y
realista muy logrado, la primera película de Raúl Arévalo como director se estrenó a finales de 2016 en
Venecia y en Toronto. En ella se nos cuenta una venganza personal que tiene
lugar tras casi una década de maduración, casi el mismo tiempo que el propio
Arévalo tuvo la idea rondándole la cabeza.
No fue hasta su encuentro con
David Pulido, psicólogo de profesión, que pudo darle remate a un guion que hace
un especial hincapié en el desarrollo de sus personajes, dejando pasar la
tentación de centrarse demasiado en la acción y la violencia –de esta última
hay más que de la primera, pero en un estilo más europeo que americano, más
latente que explícito-.
El Arévalo director prefiere
alejarse de grandes y vistosos alardes con la cámara y a excepción del inicio
de la película, con un par de largos planos dentro de un coche en plena huida
de un atraco a una joyería y luego con la cámara siguiendo la espalda del
protagonista mientras recorre las calles de un barrio cualquiera de la
periferia de Madrid, prefiere acercarse continuamente a los actores, con planos
más cerrados. Incluso los momentos más violentos, con alguna que otra
excepción, ocurren fuera de plano, dejando que sea el sonido ambiente y la
música los que transmitan parte de las emociones.
Una apuesta de este estilo
necesita de un elenco actoral plenamente compenetrado en el equipo de trabajo y
comprometidos con el proyecto. Poco más hay que añadir a estas alturas de
Antonio de la Torre, uno de los profesionales del cine patrio más solicitados
del momento. Casi al mismo tiempo que esta película también estrenó la
estupenda Que Dios nos perdone y se
pueden destacar de entre su filmografía La isla mínima (2014), Grupo 7
(2012) o Balada triste de trompeta (2010). Le da la réplica en esta ocasión Luis
Callejo (La caja Kovak, La mula) y
aunque tengo que reconocer mi debilidad por el actor malagueño, en muchas
ocasiones a lo largo de esta película no tengo nada claro quién de los dos lo
hace mejor.
Como curiosidad, el gaditano
Manolo Solo se llevó el Goya como Mejor
Actor de Reparto por un papel que, si bien forma parte de una de las
secuencias más intensas de toda la película, es bastante escaso en cuanto a
minutos en pantalla. Y no fue el único premio que se llevaron a casa: Arévalo
se hizo con el de Mejor Director Novel
y el de Mejor Guion Original,
compartido con David Pulido –nada mal para un debutante en esto del cine
español-. Y por supuesto la gran sorpresa de la última gala, el de Mejor Película, por encima de la antes
mencionada Que Dios nos perdone o Un monstruo viene a verme de J. A.
Bayona, dos películas excepcionales, cada una de ellas en su tema.
El éxito de Tarde para la ira es más que merecido.
Con apenas un millón de euros de presupuesto tenemos una historia que bebe del
thriller europeo más triste y desolador, que va desarrollándose de forma
creíble y realista y que en su hora y media de duración atrapa al espectador
con facilidad. Además posee un buen par de sorpresas que hacen que la atención
no decaiga en ningún momento, de modo que al principio parece que se está
viendo una cosa y luego resulta que es otra bien diferente y mucho más
peligrosa. Creo que los americanos ya se han fijado en ella para un remake y
seguro que será gracioso verla a través de su habitual prisma de acción y
entretenimiento.
Lo que es seguro es que la
pareja Arévalo-Pulido merece nuestra atención para sus futuros proyectos y que
esta tendencia en el cine patrio en torno a los thrillers realistas ha llegado
no solo para quedarse, sino para ofrecernos grandes dosis de desfrute y
entretenimiento.




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