La ciencia-ficción es uno de los géneros por los que más y mejor ha apostado el canal de streaming de Apple. En su actual parrilla hay varios ejemplos de series que siguen vivas tras la emisión de unas cuantas temporadas y que además han disfrutado de la aceptación del público y de la crítica.
Una de las más comentadas, a raíz de la conclusión de su segunda temporada, ha sido Severance.
A priori, uno podría pensar que tras esta serie en realidad lo único que se encuentra es uno de esos high concepts que las cadenas explotan continuamente, pero que luego cuesta mucho desarrollar de una manera satisfactoria para el espectador. A estas alturas hemos visto -casi- de todo y hay que reconocer que, en el caso de Severance, la sombra de Perdidos es muy alargada. Y no por el hecho de que la acción transcurra en una isla tropical en la que habitan osos polares -en Severance lo que hay son ovejas y cabritillos-, sino esa tendencia de los creadores de plantear un misterio tras otro y retrasar las respuestas hasta un límite más allá de lo tolerable, llegando a un momento en el que ya no tiene ni sentido explicar nada porque la cosa se ha hecho tan embrollada que no hay manera de aclararla -a la serie de J. J. Abrams y Damon Lindelof también habría que achacarle otra perniciosa tendencia televisiva, la de alargar de forma antinatural las tramas con capítulos de relleno para aprovechar las enormes cifras de audiencia, problema en el que al menos Severance no ha caído-.
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| Mark, Dylan, Irving y Helly, el equipo de Refinamiento de Macrodatos |
La premisa sobre la que se asienta Severance tiene en su centro la separación entre la vida familiar y la laboral -la tan manida conciliación-. La multinacional Lumon ha desarrollado un procedimiento quirúrgico en el que se inserta un chip en el cerebro de una persona, permitiéndole dar salida a una segunda personalidad que es la que va a ir a la oficina todos los días, de tal manera que no tiene ningún recuerdo ni conocimiento de lo que hace en su horario de trabajo. Una vez que entra en el ascensor por la mañana, lo siguiente que ve es ese mismo ascensor en su hora de salida. Por supuesto, aunque la serie presta la debida atención a lo que este trabajador vive en el exterior, el verdadero jugo de la historia se encuentra en lo que su doble personalidad experimenta en el laberíntico interior de las oficinas de Lumon, ya que desconoce cualquier cosa del exterior -ni siquiera sabe nada del ser humano que ha permitido su existencia y del que se ha escindido-. Vive solo y exclusivamente para trabajar, no conoce otro entorno que el laboral y, como tal, debe ser tratado por la empresa de una forma específica que garantice su estabilidad emocional, de cara a que complete su trabajo de la manera más rápida y efectiva posible.
Severance es, por lo tanto y sin género de duda, una serie de concepto, pero tiene además otras características que permiten que el espectador que haya decidido confiar en ella se sienta más tranquilo de cara al futuro de la producción, que ya ha anunciado la renovación por una tercera temporada mientras los rumores de algún que otro spin-off se suceden sin descanso -en un caso que a mí me recuerda constantemente a otra serie de Lindelof, la estupenda The Leftovers, donde casi nunca explicaban nada y al final la cosa daba igual porque todo lo demás funcionaba a las mil maravillas-.
Dejando de lado que Severance disfruta de uno de esos castings realmente bien ensamblados, y sobre el que volveremos más adelante, lo que de verdad me resulta cautivador de esta serie es su personalidad visual. Y aquí radica una de las grandes sorpresas de la producción, ya que el principal nombre detrás de las cámaras, también en calidad de productor, es el de Ben Stiller.
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| El actor Tramell Tillman interpreta a Mr. Milchick, el supervisor de la planta donde trabajan los innies |
Reconocido mundialmente por sus papeles de comedia, Stiller demostró desde muy pronto en su carrera su interés por rodar sus propias historias. Aunque no se ha prodigado demasiado en este aspecto, tiene en su haber un buen puñado de desternillantes películas, en muchas de las cuales se ha reservado él mismo uno de los papeles principales. Reconozco que nunca me había llamado especialmente la atención por sus labores de dirección, pero en 2013 estrenó La vida secreta de Walter Mitty, una de esas historias que merecen mucho más reconocimiento del que tuvieron en su momento. Desde entonces le dedico algo más de tiempo a las producciones en las que participa y la guinda del pastel ha sido Severance, a la que logra transmitir una mirada especial al estar rodada en buena parte de su metraje en el interior de una oficina que, además, tiene un diseño muy particular en cuanto a la distribución de sus salas, los colores de las paredes o los cuadros y el resto de la decoración que pueden encontrarse en su interior.
Lo más curioso es que uno podría pensar que, con una tecnología como la que permite la separación del individuo en dos entes diferentes, nos encontraríamos con una serie futurista, pero nada más lejos de la realidad. Las oficinas de Lumon, al menos donde trabajan los innies, nombre cariñoso con el que se conoce a los separados, se parecen más a las que vimos en Mad Men que a cualquiera de las actuales. Para reforzar esta idea, en el exterior tampoco hay ninguna diferencia con nuestro mundo actual, con la salvedad de que siempre hace mucho frío y hay abundante nieve en las carreteras. Y no podemos obviar que, dada la tendencia de la empresa Lumon de inculcar en sus innies un culto al líder algo preocupante, así como las sesiones de descanso y relajación -y también de castigo- a los que también los somete, hay más de un paralelismo con la propia Apple, algo que se aprecia también en el diseño circular del edificio de oficinas de la empresa -Severance puede entenderse también en muchos momentos como una ácida crítica o una parodia con toques surrealistas a la cultura corporativa dominante en muchas empresas top-.
Todo lo que les ocurre a los innies es algo -bastante- raro. Y no sabemos por qué, tampoco lo saben ellos y mucho menos su contrapartida del exterior. Y ese es uno de los grandes misterios de la serie -hay muchos más, pero ese es el principal-. Y no es que el espectador no vea lo que están haciendo, sino que no lo entiende y no sabe con qué fin -aquí también hay una referencia directa a Perdidos, ya que allí se tenían que meter unos misteriosos números en una secuencia concreta cada cierto tiempo en una máquina y aquí hacen lo contrario, los agrupan y los guardan en una cajita de un programa informático-.
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| En las instalaciones de Lumon no hay osos polares, pero sí cabras y corderos |
Y antes de que salte la duda: no. La primera temporada acaba con un grandísimo episodio, que además deja al espectador con un cliffhanger de esos para recordar, pero de respuestas concretas, nada de nada. Y otro tanto para el desenlace de su segunda temporada.
En ese intento de ser una serie diferente y con personalidad, Severance va desarrollando incluso una identidad musical, con una tonalidad que nace en los fabulosos títulos de crédito -mucho más reveladores de lo que parecen, vistos en perspectiva, y específicos y diferenciados para cada temporada- que va expandiéndose por el resto de los episodios, sirviendo incluso como elemento dramático que refuerza determinadas escenas -ambos apartados fueron premiados con un Emmy cada uno-.
Dan Erickson, su creador, se encuentra ante su gran oportunidad en la industria, dada la extraordinaria aceptación por parte de la crítica especializada. Más allá de lo ya comentado, Erickson apuesta por un tratamiento de los personajes pausado que dé el tiempo suficiente para desarrollarlos psicológicamente. Eso sitúa a Severance en otra categoría, no especialmente atractiva para muchos televidentes: el de las series lentas donde a veces parece que no pasa nada. Y digo parece porque creo que en ninguno de los episodios de sus dos temporadas emitidas hasta el momento decae el interés lo más mínimo.
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| Oficinas retro en el interior de las instalaciones de Lumon |
Adam Scott interpreta al principal personaje de la historia y del que más información tiene el espectador, tanto de su personalidad exterior como de la interior. Una tragedia familiar le fuerza a tomar la decisión de separarse para evitarse un poco de sufrimiento y en el interior de Lumon tiene un puesto de mando intermedio. Para mí, el mejor trabajo que le conozco al actor, capaz de mostrar a base de matices la diferencia entre sus dos personajes. Del resto de secundarios solo sabemos sus vidas como innies y están interpretados por Zach Cherry, Britt Lower y John Turturro (The Night Of) que, como viene siendo habitual, es un seguro de calidad en este tipo de personajes secundarios. Lo mismo se puede decir de Christopher Walken en una serie de breves apariciones de las que siempre se quiere más; y una Patricia Arquette que compone una extraña responsable de la planta de separados, a veces una villana de manual y otras algo diferente. En este mismo estilo merece la pena destacar a un inquietante Tramell Tillman, que irá ganando cada vez más protagonismo de manera más que justa, visto por última vez en la última entrega de Misión: Imposible.
Severance no es una serie perfecta, ni mucho menos. A veces el guion pasa de puntillas sobre algunas situaciones que necesitarían una mayor explicación -por ejemplo, ¿qué determina el conocimiento que poseen los innies? Si nunca han salido de la oficina, ¿cómo es posible que conozcan lo que hay en el exterior y el funcionamiento en general del mundo del que provienen sus outies? -, cuando no opta por ignorarlas por completo -cuando estos personajes tienen una sesión de grupo en el exterior del edificio, ¿cómo llegan hasta allí? ¿Son dormidos cuando entran en las oficinas de Lumon y trasladados sin su consentimiento en un estado anestesiado o algo así? -. También hay algún que otro personaje demasiado misterioso, empeñado en no compartir la información que posee sin ninguna razón aparente. E incluso puede admitirse cierta repetición de esquemas, si somos honestos.
Pero lo que es innegable es
que el encanto de la serie permanece intacto, al menos de momento tras veinte
episodios emitidos. Por su ambiente, sus ideas que parecen sacadas de una
novela de Haruki Murakami, sus cuidados personajes y su apabullante
acabado visual. Sus responsables ya han asegurado que la espera hasta la
tercera temporada no va a ser tan larga como lo fue para la segunda, lo que sin
duda ayudará a los aficionados a mantener el interés. Pero sin duda su gran
reto es qué hacer con tanto misterio, cómo salir de determinadas situaciones en
las que se han metido los personajes y en qué momento se atreverán a cambiar la
idiosincrasia de la serie, teniendo en cuenta que las tramas giran cada vez más
hay una mayor interacción entre las dos personalidades separadas que
forman un mismo individuo -el cliffhanger de la segunda temporada no es
tan impactante como el de la primera, pero sí que deja a varios protagonistas
en un momento complicado del que resulta difícil elucubrar cómo van a avanzar-.
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| Las oficinas de Lumon albergan todo tipo de sorpresas |






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