Un nuevo asesinato lleva al subteniente Bevilacqua hasta las playas de Formentera. Allí tendrá que investigar la muerte de un hombre que al parecer disfrutaba del ambiente gay de Ibiza. Pero la cosa se complica cuando se descubre un pasado relacionado con la banda terrorista ETA, lo que le obligará a volver a Guipúzcoa, un territorio que conoce muy bien ya que fue allí, en la lucha contra la banda armada, donde empezó su carrera como Guardia Civil.
Bevilacqua no solo tendrá que hacer frente a un entorno de la víctima manifiestamente hostil contra todo lo que tiene que ver con la benemérita, sino que durante buena parte de la investigación tendrá que prescindir de su mano derecha durante años, Chamorro, que es herida de gravedad en una operación previa narrada con ritmo y no sin cierta sorpresa, ya que Silva no se prodiga demasiado en secuencias de acción.
El talante reflexivo, incluso filosófico, que caracteriza al protagonista, que sigue narrando en primera persona sus propios casos, adquiere aquí una dimensión incluso mayor que hasta ahora al recordar todo lo que tuvo que aprender, y hacer, mientras militaba en las filas de Información. Hecho que Silva, su autor, aprovecha para dividir la novela en dos partes bien diferenciadas: la que se desarrolla en el presente, y que se mueve por los cauces habituales que todos los aficionados a esta ya veterana saga conocen, siempre pegada a la realidad del proceso policial y judicial; y la que tiene lugar en el pasado del narrador, mucho más novedosa por la cantidad de información que revela de lo que supuso en su momento la guerra contra ETA en el País Vasco por parte de la Guardia Civil.
Con la publicación de esta novela en el verano de 2020 Lorenzo Silva saldaba una pequeña deuda contraída con sus lectores desde esa primera toma de contacto con Bevilacqua en El lejanopaís de los estanques (1998), cuando todavía era sargento, se disponía a conocer a su inseparable Chamorro y se dejaban caer pistas sobre un pasado en la unidad de antiterrorismo de la Guardia Civil.
Para ello desplaza, temporalmente, a su mejor compañera hasta la fecha, pero sigue permaneciendo fiel al desarrollo natural de ambos personajes, a los que cada vez acompañan más secundarios, como Salgado, Arnau o Lucía, a los que vemos progresar con cada nueva entrega, avanzar en sus vidas personales o incluso subir en el escalafón militar.
Más allá de lo jugoso que resulta toda esa reconstrucción de la lucha contra ETA, en la que estoy seguro que el autor habrá tenido acceso a una enorme cantidad de información fidedigna, vale la pena resaltar la capacidad de Silva para ir narrando, con cierta distancia, los hechos históricos y recientes más importantes de nuestro país a través de los casos que investigan sus protagonistas -en la siguiente entrega de esta saga, La llama de Focea, entra de lleno en el proceso secesionista que ha vivido Cataluña en los últimos años y ya ha anunciado que la siguiente estará ambientada durante la pandemia de coronavirus-.
El mal de Corcira es una de las novelas más ambiciosas de toda la saga. Por el tema que trata, por lo que supone para su protagonista y por la extensión de esta, 544 páginas, el capítulo más largo de toda la saga hasta el momento en el que vio la luz. Su título hace referencia a la Corcira clásica, la actual Corfú, en la que tuvo lugar la primera guerra civil entre griegos narrada por Tucídices -Silva no da puntada sin hilo cuando se piensa los títulos de sus novelas-.
Cada vez resulta más difícil comentar algo de una saga con diez novelas y varios relatos cortos. Que ha ganado prestigiosos premios literarios, disfruta de buenas ventas y que incluso ha llegado dos veces al cine con resultados más que dignos. Poco más se puede añadir salvo que, pese a todo lo transcurrido, sigue apeteciendo la compañía de Vila y Chamorro, siguen disfrutándose sus aventuras como la primera vez y sigue uno alegrándose cada vez que su autor anuncia un nuevo título que enriquezca su historia.
El mal de Corcira se
sitúa entre los primeros puestos de las mejores novelas de una saga que lleva
más de veinticinco años en las librerías, lo que da una buena muestra de que su
autor no pretende acomodarse lo más mínimo.

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