Tanto por su extensión como por su estructura dramática esta nueva entrega de la saga policial de Bevilacqua y Chamorro se emparenta directamente con su inmediata predecesora, El mal de Corcira, en el que su autor optó por separar la acción en dos partes bien diferenciadas, lo que afectaba directamente al número de páginas habitual en el que solía contar sus historias.
De este modo, en esta novela nos encontramos con una investigación policial que se desarrolla en el presente tal y como ocurre en el resto de entregas de la colección. En este caso concreto, el violento asesinato de Queralt Bonmatí, una joven que se encontraba a punto de llegar a Santiago de Compostela tras varias semanas en el Camino desde Roncesvalles. Pero este nuevo caso no solo obliga a la UCO a desplazarse al noroeste español, sino que llevará a Bevilacqua a retornar a su querida Barcelona, ya que el padre de la víctima es un conocido ex político y acaudalado empresario cuyo apoyo continuado al independentismo catalán puede tener un lado oscuro, ya que se encuentra en el punto de mira de la propia Guardia Civil por conexiones con potencias extranjeras que podrían atentar contra el estado de derecho.
De nuevo tenemos una trama muy pegada a la realidad histórica actual de nuestro país, ya que toda la acción se sitúa tras el fallido intento de referéndum en Cataluña; tras la huida de varios de sus principales precursores al extranjero y en las postrimerías del juicio que enunciaría las penas de aquellos que se quedaron y fueron apresados, lo que amenaza una nueva jornada de violentos disturbios en Barcelona.
La investigación criminal se desenvuelve por los cauces habituales en su autor, muy pegada a la realidad para mostrar los vericuetos de este tipo de trabajos en los que la cooperación entre diferentes equipos es imprescindible, ya que es necesario desplazarse a lo largo de toda la cornisa cantábrica a través de varias autonomías para recabar pruebas y testimonios, comprobar coartadas o lidiar con diferentes jueces. Bevilacqua nunca ha sido uno de esos policías literarios que se ocupan de todo, que se lo guisan y se lo comen en solitario, sino que depende de sus subordinados, del trabajo en equipo con sus iguales y del entendimiento con sus superiores para llevar ante la justicia al culpable. Y en el caso de esta novela, de nuevo tendrá que relacionarse con sus ex compañeros de Información, que investigan la posible interferencia rusa en el proceso de secesión catalán y donde el padre de la víctima podría desempeñar un pequeño papel -como curiosidad, el desenlace que afecta a la parte criminal tiene un cierto toque inesperado-.
Por otro lado, Silva recurre al mismo vericueto narrativo de su anterior novela de la saga en la que exploraba el pasado del protagonista. Aquellos que le seguimos desde hace años ya sabíamos de la importancia que la ciudad de Barcelona tenía en su pasado, sobre todo tras la publicación de La marca del meridiano, Premio Planeta 2012, en la que el protagonista debía investigar el asesinato de su antiguo mentor en la Policía Judicial, un Guardia Civil ya retirado llamado Robles. Aquí nos encontramos con el siguiente destino de Bevilacqua tras Guipúzcoa, la Barcelona de los Juegos Olímpicos de 1992 y su traslado de Información a la Policía Judicial donde conoció y pasó a trabajar a las órdenes del mencionado Robles. En su faceta más personal, nos encontraremos con su boda, el nacimiento de su hijo Andrés –que a lo largo de todos estos años de ficción ha crecido, se ha hecho un hombre, se ha sacado una carrera y se ha unido a las filas de la Benemérita- y con el hecho que acabó tanto con su matrimonio como con un pedacito de ese alma melancólica y reflexiva que posee y de la que hace gala con cada nuevo relato policial.
Dos historias narradas en
paralelo con sus puntos en común pero respetando la esencia de la serie que, al
menos en sus últimas entregas, se ha hecho cada vez más personal. También
atesora en su interior un bonito homenaje a Domingo Villar, lo que la hace todavía más entrañable, y una nueva
referencia a la Grecia clásica en su título, tal y como ocurría en El mal de Corcira.

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