Ignasi Vidal dirige esta obra original de David Mamet, estrenada en Chicago a mediados de la década de los setenta, y que ya tuvo una adaptación cinematográfica en 1996 con un actor de la talla de Dustin Hoffman.
Para esta última versión que
ha llegado a la sala grande del Fernán Gómez, y previa introducción del propio
actor que presta su nombre al teatro madrileño merced al milagro de la
informática y los efectos especiales, ha contado con dos nombres habituales
tanto de las tablas como de la televisión y el cine español, a los que la
mayoría de espectadores estarán más que acostumbrados: Israel Elejalde, que
interpreta a Teach; y David Lorente, que se encarga de Don, el dueño de la
tienda de trastos que se convierte en el único escenario de toda la historia –la
última vez que vi a Lorente fue en No me
gusta conducir y en verdad que estaba genial, robándose cada plano en el
que aparecía-. Roberto Hoyo interpreta a Bobby, joven problemático sin
demasiadas luces, protegido de Don y chico para los recados.
La obra se desarrolla a lo largo de hora y media sin interrupciones en el interior de una de esas tiendas de cacharros de segunda mano a lo largo de un único día y su noche –hay una breve elipsis, pero todo lo demás se desarrolla de forma lineal y en tiempo real-, con el dueño, Don, recibiendo a Teach, amigo y compañero de póker, mientras lidia con las tonterías de Bobby. Pero Teach, uno de esos personajes enérgicos, avasalladores, y que nunca callan, pronto se huele que hay algo más entre los otros dos de lo que le cuentan. Quizás la oportunidad de llevar a cabo un lucrativo negocio, no necesariamente legal.
Pronto la situación va
creciendo en tensión, mientras a través de los diálogos y de la interpretación
de los actores vamos haciéndonos con sus personalidades, las circunstancias
actuales de sus vidas y vamos intuyendo por dónde pueden ir los tiros del
desenlace, una vez la violencia latente se acumule hasta un punto de
ebullición.
La sala grande del Fernán Gómez está muy bien, con un escenario bien trabajado y amplio. Las butacas de cuero resultan cómodas y, a excepción del calor, todo salió bien en la representación. Por parte de Vidal, una dirección de corte clásica sin alardes modernos, dejándolo todo en manos de los actores y de los estupendos diálogos, rápidos y abundantes.
A estas alturas hay poco más que añadir sobre la amplia obra de Mamet. En los últimos años han sido varias las que se han representado en Madrid y con American Buffalo continúa el idilio del dramaturgo norteamericano con la capital. Su ambientación no es ni moderna ni española, sino que respeta la idiosincrasia de la original. Los actores, en especial Elejalde y Lorente –y no porque Hoyo lo haga mal, sino porque tiene un papel más escaso en minutos y en diálogos-, están muy bien, hay química entre ellos y eso se traslada al espectador. El primero de una forma más exagerada y el segundo con uno de esos personajes más contenidos, de los que no sabes por dónde te pueden salir.
Una historia, tragedia más
bien, de perdedores, sí, pero también de ambición, de amistad y de lealtad.



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