Un ensayo que son en realidad tres piezas realizadas a lo largo de varios años que, unidas una al lado de la otra, le permiten al autor trazar ciertos paralelismos entre los que él considera son los más grandes novelistas del siglo XIX -llega a afirmar incluso que son los únicos-. Para ello elige un ejemplo de cada una de las lenguas europeas, el francés, el inglés y el ruso, dejando de lado el español e incluso el alemán, su lengua materna.
Las dos primeras tienen una extensión moderada, pero la última, la que está dedicada a Dostoievski, tiene un mayor desarrollo, con capítulos intermedios que no tienen las anteriores, dada la predilección de Zweig por el genial artista ruso, por lo que esta biografía está mucho más completa que las otras.
Aun así, en cada una de ellas se las ingenia el autor para compartir con el lector unas pinceladas de la vida personal de cada novelista, así como de algunas de sus obras y personajes, para así poder llegar a una conclusión en la que se destaque el porqué de su inclusión en este libro de lo mejor de la literatura del siglo XIX.
Balzac y la ambición de sus personajes, con ese fresco histórico en clave realista que es La comedia humana, que al igual que Dostoievski, sufrió de mala salud durante toda su vida y tampoco halló una manera de vivir desahogada -ni tenía la pasión de este último, ya que era mucho más calculador y detallista-. Mientras que Dickens obtuvo dinero y reconocimiento en vida, fama mundial incluso, con un estilo de escritura que conectó sobremanera con el público de la época porque hasta cierto punto, siempre escribía dentro de la moralidad y el estilo de esos tiempos, nunca a la contra. Una literatura dentro del sistema, en contraposición con la de Dostoievski, ajena a todo y a todos, menos a su afán creador.
Los tres están además íntimamente ligados a la época histórica en la que les tocó vivir. A los pocos días de la muerte de Dostoievski -cuyo reconocimiento por parte del pueblo, ahora sí, estuvo a la altura de su genio- estalló la revolución en su país de origen -vivió el exilio durante muchos años, aquejado además de una enfermedad tan grave como la epilepsia-; lo mismo se puede decir de Balzac, contemporáneo de Napoleón Bonaparte y, por lo tanto, hijo de la revolución francesa. Mientras que Charles Dickens está íntimamente ligado a la Inglaterra victoriana -su crítica social no impedía el uso de un fino sentido del humor ni una predilección por lo finales felices, lo que sin duda contribuyó a la buena acogida de su trabajo en todo tipo de aficionados-.
Ni el francés ni el inglés alcanzan la profundidad psicológica del ruso, a quien Zweig sitúa en un pedestal al lado de Shakespeare.
Tres maestros es
también una de las mejores opciones para conocer de primera mano el estilo del
autor austríaco, que además de como novelista, triunfó en su momento como
ensayista y biógrafo. Su moderada extensión o el hecho de que incluya hasta
tres piezas diferentes son una pequeña muestra de esa pasión y de ese cuidado
en su escritura con el que Zweig transmite su cariño y su respeto por unas
figuras históricas a las que realmente admira. Y con cuya obra, sin duda, debió
de disfrutar enormemente.

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