martes, 9 de diciembre de 2025

Las crónicas de Dune I: Dune, de Frank Herbert

 


La saga Dune es una de las más exitosas de toda la historia de la ciencia-ficción gracias sobre todo a una estupenda primera entrega, uno de los grandes clásicos históricos del género; pero también al impulso comercial del que ha disfrutado, en dos ocasiones desde el momento de su publicación, al ser adaptada en forma de gran superproducción a la gran pantalla -y sin dejar de lado el salto a otros medios como la televisión, los cómics o los videojuegos-. Tanto la versión de David Lynch de 1984 como la más reciente de Denis Villeneuve renovaron la atención en una saga cuyo creador original, Frank Herbert, llegó a publicar seis entregas desde 1965 hasta 1985 -moriría un año después a la edad de 65 años-. 

Nada mal para una historia construida alrededor de una trama clásica de la literatura universal en la que un joven noble sobrevive a la aniquilación de su familia a manos de un clan rival con la conveniencia de la autoridad -en el caso que nos ocupa, la del emperador-. Su venganza traerá consecuencias inesperadas para todo el sistema establecido, cambiándolo para siempre. 

La maestría de Herbert consiste en darle un contexto único a una idea tan asumible, creando algo no solo original, sino de una gran influencia en multitud de historias posteriores. Eso hace de Dune una novela estupenda en la que tienen cabida diversos géneros como la aventura, la épica, la ciencia-ficción e incluso la reivindicación social. Ya desde el mismo momento en el que apareció por primera vez, serializada en la revista Analog, cautivó a la crítica y al público de género, haciéndose con el Premio Hugo y el Nébula. Su publicación en un único volumen, tras un proceso previo de reescritura a cargo de su autor, la situó definitivamente en la senda del éxito -algunos pocos años después Herbert ya pudo dejar de lado el resto de sus obligaciones para centrar el 100% de su tiempo en escribir ficción-. 

Una de las principales características de Dune es cierta indecisión a la hora de decantarse por un género concreto, lo que a la larga le ha otorgado un estilo propio. La historia es obviamente una de ciencia-ficción, ya que está ambientada en el futuro, cuando la humanidad ya ha descubierto el viaje espacial y ha conquistado otros planetas. Sin embargo, el modelo de sociedad es feudal, con un emperador gobernando sobre una serie de Grandes Casas, las cuales lo hacen a su vez sobre otras más pequeñas. La tecnología no es ni mucho menos la que nos esperaríamos de una historia así, ya que en el pasado hubo una serie de guerras que propiciaron prohibiciones y limitaciones de esta, sobre todo de la inteligencia artificial. No es una space-opera ya que el viaje espacial es algo muy complejo y se encuentra en manos de un único responsable, la Cofradía. Además, para mantener el equilibrio de poder, la mayoría del comercio recae sobre otro actor diferente, la CHOAM. 

Las armas láser conviven con las de proyectiles. Las más devastadoras son las nucleares y apenas hay nada más avanzado que suspensores que permiten a los objetos flotar en el aire. Lo más curioso es la existencia de escudos protectores, que pueden extenderse tanto a los muros de una ciudad como a los cuerpos individuales, aunque Herbert también se saca de la mano una excusa para que su uso no sea demasiado extenso. Al final, la mayoría de los enfrentamientos se producen con arma blanca -aunque la historia de Dune también es la de una continua guerra, su autor presta muy poca atención a describir enfrentamientos y batallas, por lo que apenas las desarrolla en unas pocas páginas, cuando no solo en unos párrafos-. 

Esa indefinición de la novela también se traslada a uno de los aspectos más recordados de la misma. En este mundo futuro existe un culto femenino, las Bene Gesserit, que merced a una serie de artes secretas cultivadas a lo largo de cientos de años han conseguido infiltrarse prácticamente en cada estrato de la sociedad, con el objetivo de, por medio de la genética, crear al hombre perfecto, aquel capaz de controlar un poder superior. Herbert juega con el misticismo, pero sin abrazar la fantasía en toda su extensión, para ir creando una historia en torno a un elegido tal y como hemos visto cientos de veces desde entonces. Los poderes que va desarrollando el protagonista, Paul Atreides, se deben tanto a una cualidad genética excepcional como a un exhaustivo entrenamiento que ha llevado durante toda su vida, a veces hasta de forma inconsciente. Es decir, que lo que plantea Herbert intenta tener una base de realidad y tan solo en muy pocas ocasiones aparecen cosas increíbles. Por ejemplo, aquellos que han profundizado en las enseñanzas Bene Gesserit tienen la capacidad de controlar a las personas por medio de la voz o de prever posibles futuros, pero también se dan explicaciones plausibles a las mismas -puede entenderse que la percepción de Paul está tan desarrollada que es capaz no de ver el futuro como tal, sino de entender qué es lo más probable que suceda, para tomar las decisiones en consecuencia-.

Esto no es exclusivo de Herbert. En su saga Fundación, Isaac Asimov ya jugaba con la posibilidad de que apareciera un ser de extraordinarias capacidades mentales capaz de poner en jaque el plan maestro de Hari Sheldon. Y por citar un ejemplo más reciente y cercano a nuestra literatura, Marcos Chicot, en su novela El asesinato de Pitágoras y su secuela La Hermandad, jugaba con la posibilidad de que la doctrina pitagórica cultivara las percepciones de tal manera que sus estudiantes más aventajados no solo fueran capaces de tener un control total de sus emociones o de percibir cosas invisibles para el común de los mortales, sino de provocar acontecimientos con el poder de su mente. Y sí, por si quedaba alguna duda a estas alturas, es algo que también comparten los Jedi, pero es que resulta evidente la influencia de la novela de Herbert en el trabajo del creador de Star Wars

Fotografía de Frank Herbert

Otra característica compartida entre Herbert y George Lucas es que ambos fueron capaces de ir dando forma a su personal universo tomando diferentes referencias históricas y culturales. Cuando Paul Atreides y su madre se convierten en los últimos supervivientes ante el ataque de sus rivales, los Harkonnen -aquí a Herbert no le van las medias tintas, ya que a estos últimos los describe en todo momento como peligrosos, astutos y traicioneros; mientras que los protagonistas son benévolos y nobles-, ambos se refugian en el desierto del planeta Arrakis donde son acogidos por los nativos del lugar, los fremen. Valiéndose de su capacidad militar, Paul los instruye y prepara para la rebelión y la guerra contra los usurpadores Harkonnen que esquilman los recursos naturales de su hogar, esclavizándolos y asesinándolos en el proceso. Elementos comunes a la rebelión árabe que tuvo lugar durante la I Guerra Mundial en lo que hoy es Arabia Saudita y Jordania contra el Imperio Turco, asistidos por un extranjero, un oficial británico al que acabaron apodando Lawrence de Arabia. 

La religión también forma parte fundamental de la trama de Dune. El pueblo fremen es tremendamente religioso y tradicional, en parte gracias a las manipulaciones, muchos años atrás, de las Bene Gesserit, que integraron en sus creencias la idea de que un día llegaría un profeta de extraordinarios poderes que los liberaría no solo del yugo opresor de las potencias extranjeras, sino de las inclemencias de sobrevivir en un planeta tan inhóspito como Arrakis, desértico en la mayoría de su territorio, habitado por gusanos gigantes de arena y donde el bien más preciado es el agua. Herbert no teme utilizar conceptos fácilmente reconocibles por los lectores conocedores de la vida en el desierto o la cultura y la religión musulmana, como la Yihad. De hecho, aunque Herbert luego extendió su historia en una segunda trilogía, su idea original solo incluía una primera en la que ir desarrollando las terribles consecuencias que tiene el alzamiento de Paul, alertando del peligro de los líderes religiosos capaces de enaltecer a las masas y llevarlas a la guerra. 

La complejidad de Dune contrasta con lo entretenida y fácil que resulta su lectura. Tan solo hay un momento, cuando Paul y su madre se están acostumbrando a su nueva vida en el desierto, que el ritmo decae un poco, pero es algo disculpable en una novela de setecientas páginas en su edición de bolsillo -y que incluye diversos apéndices en su parte final relativos a la vida en Arrakis, además de una introducción en cada episodio realizado por la princesa Irulan, redactados desde un futuro lejano cuando todo lo que se nos está narrando en la novela ya ha ocurrido-. 

Herbert juega incluso con la inclusión de una potente droga, la especia conocida como melange, que es esencial en el devenir de las principales tramas de la novela y que tiene su equivalencia en nuestro mundo real con el petróleo y las guerras que se han desarrollado a lo largo de todo el mundo por su dominio y control. La especia es el bien más preciado del universo ya que es lo único que permite los viajes espaciales. Pero es que además es una potente droga alucinógena con increíbles propiedades, incluida el aumento de la percepción y la expansión de las capacidades de la mente. 

El único sitio donde puede encontrarse la especia es en el planeta Arrakis, conocido como Dune por sus nativos. Eso convierte a la Casa que lo controle en una de las más poderosas e influyentes de todo el Imperio. El punto de inicio de la novela es el cambio, después de muchos años, en el dominio de Arrakis, pasando de los Harkonnen a los Atreides por orden directa del emperador. Un complot que engloba a muchos y diferentes actores y que falla por un insignificante detalle: la verdadera naturaleza del único heredero de los Atreides, Paul, y su capacidad de sobrevivir y alzarse como indiscutible líder militar y social de los fremen -aquí también hay una idea muy curiosa que ha encontrado arraigo en otras obras modernas de la literatura, como La Rueda del Tiempo, ya que son las mujeres las que ostentan un poder específico que no puede otorgarse a un hombre ante el riesgo de que se descontrole y acabe por ser perjudicial para todos sus semejantes-. 

Hay varias formas de acercarse a Dune y es entendible su éxito e influencia, incluso la fascinación que ha despertado desde entonces -si hasta tiene una lectura en clave ecológica-. Más allá de sus adaptaciones -que también tienen su interés a la hora de ver cómo cada autor da su propia versión del mito-, la saga continuó a través de las manos de su hijo Brian Herbert que, aliado con el escritor de ciencia-ficción Kevin J. Anderson, primero se centró en el pasado milenario de este particular universo creativo para retornar en un momento concreto a los libros de su padre, con el objeto de continuarlos y darles un final. Hoy, ambos autores han completado más de veintitrés nuevas novelas ambientadas alrededor de Dune, lo que viene a dar una muestra muy evidente de la aceptación del público. 

Como curiosidad, vale la pena detenerse un momento en las dos grandes adaptaciones que se han hecho de esta novela. Lynch invierte mucha energía en el prólogo para intentar explicar el mayor contexto posible de la forma más rápida y carga las tintas en la ambientación barroca, desde esa forma de mostrar a la Cofradía y la extraña criatura que permite los viajes estelares a la oscuridad y depravación que envuelve en todo momento a los Harkonnen. Más allá de los efectos especiales que muestran los escudos personales, y que hoy han quedado completamente obsoletos, introduce por su cuenta y riesgo un arma sónica que se convierte en herramienta indispensable para explicar el impacto militar de la llegada de Paul a los fremen. También exagera un poco los poderes de Paul en el desenlace -esa escena un tanto desconcertante con la lluvia- y tuvo poca responsabilidad a la hora de elegir el montaje final, que se nota sufrió muchísimos recortes -hay muchos personajes y situaciones sacados directamente de los libros que se introducen y de los que luego no se vuelve a saber nada más, sin una mayor explicación-. 

Por su lado, Villeneuve apuesta por una mirada reflexiva y épica a partes iguales, con una integración sutil y casi perfecta de los efectos digitales. La parte visual está especialmente cuidada por su director de fotografía y hay una integración mayor con la banda sonora que en la versión de Lynch. Ambos potencian las escenas de lucha, por mucho que estas brillen por su ausencia en el original literario. En su primera parte ambas películas son casi idénticas si no fuera por el prólogo que el director de Terciopelo azul se sacó de la manga. Al canadiense parece interesarle más el peligro latente de Paul y sus dudas internas a la hora de tomar decisiones, algo que también está muy bien expresado en la novela. Como es normal, dado el elenco actoral, otorga un mayor espacio a los secundarios. Los Atreides tienen la oportunidad de brillar como nunca vimos en las páginas del libro -me gustó especialmente que le concediera la tan ansiada venganza a Gurney y una muerte digna a Duncan- mientras que los fremen sufren las mayores alteraciones: el Stilgar de Javier Bardem no captura la grandeza del personaje original, un auténtico líder de su tribu y un mentor para Paul, y queda en muchas ocasiones como recurso cómico; mientras que Zendaya resulta ser más compleja que su homónimo de papel, que en ningún momento llega a dudar de su amante. Aquí se ha suprimido una parte importante para el desarrollo de Chani -también ocurría en la versión de Lynch-, así como un curioso personaje emparentado con los Atreides, apenas vislumbrado en unos pocos fotogramas y con un papel determinante en la secuela.

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