sábado, 22 de noviembre de 2025

Kafka en la orilla, de Haruki Murakami

 

Si un lector curioso quisiera acercarse a la ya amplia obra de este autor japonés, eterno candidato al Premio Nobel de Literatura y Premio Princesa de Asturias, seguro que encontraría entre la mayoría de las recomendaciones al menos dos títulos, siempre uno al lado del otro: Tokio blues y Kafka en la orilla. Algo que me resulta de lo más curioso, porque no podrían ser más diferentes entre sí. 

Es cierto que ambos comparten algunas de las características que Murakami ha ido cultivando a lo largo de los años en su literatura y que suelen ser comunes a casi todas sus historias de ficción. Pero nunca me atrevería a recomendar a un neófito en el universo Murakami una novela como Tokio blues, no por su falta de calidad, ni mucho menos –se trata de un drama de época tan desgarrador como enternecedor-, sino porque es la más normal de sus historias y por lo tanto un ejemplo poco acertado de su verdadero estilo, aquel en el que mezcla situaciones cotidianas con otras increíbles, al más puro realismo mágico, con un buen montón de personajes que no parecen alarmarse lo más mínimo de las cosas imposibles que están ocurriendo a su alrededor. 

Aunque he leído mucho de Murakami, no había caído en mis manos hasta ahora Kafka en la orilla, considerada como una de sus mejores obras. Es, sin duda, la novela que yo recomendaría a alguien que quisiera conocer a su autor, ya que creo que es una de sus mejores historias y un ejemplo perfecto de sus características como escritor. 

Publicada en 2002 justo en su madurez creativa, a continuación de Sputnik, mi amor (1999) y antes de After Dark (2004), cuenta la historia de Kafka Tamura, un joven de apenas quince años que abandona su hogar huyendo de una profecía con la que su padre vive obsesionado y que le afecta a él personalmente. Dirección sur, llegará a Takamatsu con la intención de pasar desapercibido el mayor tiempo posible, al menos hasta que pueda encontrar una manera de ganarse la vida por sí mismo. Sin embargo, en su viaje se topará con una serie de personas dispuestas a ayudarle que le llevarán de la mano a un destino que, quizás, estaba previsto desde el mismo momento de su nacimiento. 

Por si todo esto no fuera suficiente, la historia de Tamura se ve interrumpida por la de un simpático anciano, Satoru Nakata, que en la época de la II Guerra Mundial, cuando tan solo era un niño, sufrió un extraño accidente que condicionó su vida por completo. Nakata no es muy inteligente y puede que necesite de un subsidio gubernamental para poder sobrevivir, pero tiene otras habilidades extraordinarias. Puede arreglar cosas, recolocarlas en su sitio. No recuerda un solo día en el que haya estado enfermo. Ah, y mantiene conversaciones interesantísimas con los gatos. 

Al igual que Tamura, se verá obligado a partir dirección sur con una extraña misión personal que ni siquiera él comprende del todo y para la que contará con la ayuda de inesperados compañeros de viaje. 

Cuando he comentado que Kafka en la orilla comprende buena parte, si no todas, de las obsesiones de Murakami, es porque en esta novela podemos encontrar prácticamente lo que todo aficionado al autor japonés espera de sus libros: la atención al detalle a la hora de describir la rutina de sus personajes, desde lo que comen y cómo lo cocinan hasta sus ejercicios diarios en un gimnasio. Su amor por los gatos, o por la música, que tan presente está siempre en sus historias. Sus protagonistas solitarios, que van rebotando sin ton ni son contra el resto de los personajes que van encontrándose en su camino o el fondo literario con el que se siente tan cómodo –en esta ocasión, uno de los principales escenarios por los que pululan los protagonistas es una bonita biblioteca-. Y por supuesto las tramas a priori sin sentido, repletas de maravillas y en este caso concreto, bajo la sombra de una tragedia de orígenes griegos como es Edipo Rey

Casi seiscientas páginas, publicadas en España, como es habitual, por Tusquets Editores y que resultan de lo más atractivas para el lector amante de Murakami, en una de sus mejores historias, señalada al menos así, con toda justicia, por la mayoría de las listas de lo mejor de Murakami que pueden encontrarse online.

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