Ha pasado muy desapercibido el último trabajo de este director, sobre todo si tenemos en cuenta que es su primera película desde el tremendo éxito internacional de Parásitos (2019), que, entre otros muchos premios, se llevó cuatro Oscars para Corea del Sur, los de Mejor Película -por partida doble-, Dirección y Guion.
Tal vez se deba a que en esta ocasión Bong Joon-ho haya optado por una historia de ciencia-ficción y comedia; pero su reparto internacional, su buena factura técnica -el coreano consiguió sacarle a la Warner un amplio presupuesto de más de cien millones de dólares-, o el hecho de que la historia atesore en su interior muchas de las ideas que interesan a su director y guionista, y que ya ha explorado con bastante éxito en trabajos previos, vaticinaban una mejor acogida por parte del público, que apenas le ha permitido recuperar el presupuesto en taquilla, quedándose muy lejos de lo que la productora hubiera considerado un éxito económico.
También es cierto que el boca a boca no ha funcionado todo lo bien que debería, al contrario de lo que ocurrió con Parásitos. Y con razón, porque Mickey 17 es una película algo difícil cuya mezcla de géneros no está tan bien conseguida como en anteriores historias del director y que abusa de su metraje, sobre todo en una parte intermedia en la que se nota cierta indecisión de hacia dónde quiere ir la historia. Aun así, hay que reconocer que no se hace larga, que visualmente, si bien es cierto que no inventa nada nuevo, está muy conseguida y que tiene muchos más aciertos que errores, siendo en su resultado final una historia de ciencia-ficción de lo más entretenida -y a ratos, bastante divertida-.
Mickey 17 es una sátira que utiliza los resortes de la comedia, en un ambiente de ciencia-ficción, para plantear una situación con inquietantes paralelismos con nuestro presente. El director ya jugó a esto por ejemplo en Snowpiercer (2013), aunque en este caso la comedia fuera algo residual. Bong Joon-ho es capaz de pasar de un género a otro, prácticamente en la misma escena, con mucha naturalidad, sacando un extraordinario partido a sus actores, como ya demostró en Parásitos, repleta de crítica social. La película también tiene un claro mensaje ecologista, idea que ya se ha visto en películas como The Host (2006) o, sobre todo, en Okja (2017) -con la que Mickey 17 también conecta gracias al diseño de unas criaturas con forma de oruga que tienen un papel determinante en la historia, sobre todo en su desenlace-.
Joon-ho adapta el libro de ciencia-ficción Mickey7, pero tengo claro que se lo ha llevado a su terreno, viendo la cantidad de ideas que hay en la película que se pueden rastrear a lo largo de su filmografía pasada. Es la historia de una nave espacial que llega a un nuevo planeta con el objetivo de colonizarlo y así fundar una nueva civilización. Al mando de la expedición se encuentra un fracasado congresista de los Estados Unidos que, junto con su esposa, forman una delirante pareja capaz de las ideas más peregrinas. Pero si hay alguien importante para la misión, ese es Mickey, un pobre hombre sin muchas ideas que firmó un contrato de trabajo en el que aceptaba ser prescindible, una persona que tras morir es clonada una y otra vez, manteniendo sus recuerdos siempre grabados en una memoria portátil. El objetivo es utilizarlo como conejillo de indias para todo tipo de experimentos que aseguren la supervivencia de los colonos en un ambiente hostil, así como cualquier tipo de misión que suponga un peligro de muerte.
Robert Pattinson lidera el reparto internacional de la película, destapándose con algunos registros de comedia muy buenos, sobre todo físicos, corporales, que hasta ahora no le había visto. Hace un estupendo trabajo a la hora de caracterizar las diferentes personalidades de alguno de sus clones y en general hay muy poco que reprocharle a su interpretación. Lo mismo se puede decir de la pareja formada por Mark Ruffalo y Toni Collette, aunque aquí hay que reconocer que sus personajes son tan exagerados, tan paródicos, que poco más pueden hacer los actores con ellos que abrazarlos sin ningún tipo de reparos. Aquí a Bong Joon-ho se le va un poco la brocha gorda y la parodia de la política actual no es nada sutil -uno se pregunta durante toda la película cómo es posible que la mayoría del personal cualificado que trabaja en la nave espacial, y que tiene trato personal con ellos, siga sus órdenes tan a ciegas, teniendo en cuenta que son dos tarados de manual-.
A la película también le
afecta un cambio brusco de cara a su última parte, cuando las criaturas
autóctonas del planeta en el que ha aterrizado la nave espacial toman un papel
mayor. Aquí todo se acelera y se vuelve más tópico. Al director le cuesta
mantener la perspectiva, porque el sentido del humor nunca se deja de lado y se
vuelve algo previsible. Pero aun así tiene alguna sorpresa, como esa ensoñación
final del protagonista.




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