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| Portada de la edición en blanco y negro de La balada del mar salado |
El irascible y sanguinario Rasputín es el elegido por Norma Editorial para protagonizar la portada de su estupenda edición a gran tamaño, y en el riguroso blanco y negro con el que fue publicada por primera vez a finales de los sesenta, de La balada del mar salado, a la postre la primera aventura de Corto Maltés –aunque en aquellos años no entraba en la cabeza de su autor el iniciar una saga de tanta importancia-.
Por aquella época Pratt ya había vuelto al hogar, a una Venecia desde la que intentaba proveer para sí y su familia aplicando todo lo aprendido en los trece años que había pasado en Argentina, donde había tenido la oportunidad de colaborar con estupendos profesionales del cómic como el guionista Héctor Germán Oesterheld. Pero las cosas no acababan de irle bien, al menos hasta que se topó, casi por casualidad, con un acaudalado constructor genovés que admiraba tanto su trabajo que estaba dispuesto a financiar una publicación en revista prácticamente para él donde, en calidad de redactor jefe, podría reeditar sus antiguas páginas e incluso aportar nuevas creaciones de su pluma.
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| Página de Pratt con la aparición de El Monje |
La revista se bautizó como un antiguo cómic de Pratt, Sgt. Kirk, y se publicó entre julio de 1967 y febrero de 1969 –treinta números acabaron viendo la luz-. La balada del mar salado –que en aquella primera edición se titulaba todavía Una balada del mar salado- se publicó a lo largo de sus veinte primeras entregas sin una periodicidad fija, convirtiéndose en la aventura más larga de todas las realizadas por Pratt con Corto como personaje –unas 165 páginas-.
La edición de Norma -que incluye un prólogo realizado por Antonio Altarriba y una serie de bocetos y acuarelas en su parte final- respeta el blanco y negro e incluye una portadilla que no es fácil de encontrar en todas las ediciones, así como una carta que abre el relato en la que Pratt juega con la metaficción, ya que se trata de una misiva recibida por él mismo donde se le facilitan los detalles de la historia que está a punto de contar, así como una pista del paradero final de un tal Corto Maltés. Es decir, que juega con el lector sobre la veracidad de todo lo que va a leer a partir de entonces, facilitando algunos detalles concretos como el periodo en el que se desarrollan los hechos, entre noviembre de 1913 y enero de 1915. El lugar también es importante, ya que se convierte en el principal escenario de la acción, la isla La Escondida, centro de operaciones de El Monje, un misterioso personaje cuyo rostro nunca es revelado y cuya identidad es una de las grandes incógnitas de la historia, siendo conocido solo al final y con no poca sorpresa. El Monje es el pirata más importante de la zona y a su sombra trabajan la mayoría de los personajes del tebeo: el propio Corto, Rasputín o los habitantes de la isla. Su influencia y poder es tan grande que llega a poner a sus órdenes incluso a un submarino alemán al mando del teniente de navío Slütter. Su autoridad solo se debilita un instante, cuando arriban a la isla un par de náufragos ingleses de familia bien, los jóvenes primos Caín y Pandora Groovesnore.
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| Detalle de viñeta con el mapa dibujado por Pratt en su versión a color |
Pratt llegó incluso a ponerle coordenadas a su isla ficticia, situada al norte de Australia, ya que en la época en la que se publicó por primera vez La balada del mar salado ya era un viajero consumado, pero no había estado todavía en Oceanía. Eso hace todavía más sorprendente esa capacidad de trasladar al lector, con unos pocos trazos de su pincel, una ambientación tan creíble. Y es que el italiano siempre fue un enamorado de la documentación y no son pocas las referencias a la cultura maorí que podemos encontrarnos en esta obra.
Corto Maltés es introducido al lector de una manera un tanto excepcional -de hecho, en un principio, ni siquiera parece el protagonista del tebeo-, crucificado y a la deriva tras haber perdido su barco a manos de su propia tripulación, que se amotinó. Tras el pasar de las páginas nos vamos haciendo una idea aproximada de su personalidad, si bien todavía es mucha la información que desconocemos sobre su persona -un hecho curioso de este personaje es que Pratt reveló tanta información sobre él dentro de sus propias aventuras como fuera de ellas, en entrevistas a medios especializados, por ejemplo-.
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| Detalle de viñeta con la primera aparición de Corto Maltés en su edición a color |
La historia de La balada del mar salado está ambientada en el océano Pacífico, en los Mares del Sur, durante la Primera Guerra Mundial -todo el relato ocupa algo más de un año de vida de los protagonistas y su desenlace coincide a su vez con el de la contienda fratricida que sacudió el mundo-. En el aspecto de la ambientación, es encomiable el esfuerzo de Pratt por plasmar gráficamente la mezcla que se da en ese lugar y momento concretos, con británicos y alemanes disputándose el dominio de sus aguas y con los indígenas de esa zona, lo que le permite a su vez profundizar en una cultura ajena a la occidental.
Pratt disfruta dibujando todo tipo de embarcaciones diferentes y echa el resto en la caracterización de los personajes: los blancos más aristocráticos; los más rudos, marineros y soldados hechos a sí mismos; los europeos de paso por temas de guerra y los nativos, con sus tatuajes rituales, su particular forma de vestir y el color más oscuro de la piel. Como en su versión original se publicó en blanco y negro, eso ayuda a explicar el estilo de Pratt en muchas ocasiones, que abusa de los encuentros cara a cara de sus protagonistas y que huye todo lo que puede de añadir detalles a los fondos cuando no lo considera necesario. El acabado de Pratt no es limpio ni definido, pero sí que consigue, junto con el tono de la historia, provocar una profunda melancolía en el lector de un tiempo y forma de vivir que se perdió totalmente. De una forma de aventura que desapareció con los nuevos inventos del siglo XX y a la que solo es posible volver gracias a la literatura, el cómic o las películas.
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| Navegando entre leyendas. La balada del mar salado |
Es notoria su evolución en el tablero de dibujo a lo largo de todo el relato, con cierta improvisación en muchos momentos, aunque se base siempre en una misma estructura de página con cuatro tiras de viñetas, en las que, eso sí, va variando el número de viñetas según sus intereses narrativos: pueden aparecer dos o tres por tira, pero también solo una en formato apaisado, lo que consigue llamar poderosamente la atención del lector -la edición en color de esta aventura, que ha ganado en popularidad con el paso de los años, sigue las intenciones de Pratt a la hora de transmitir sensaciones: colores suaves, cálidos y atractivos, que hacen todavía más placentera la lectura-.
Otras influencias de Pratt van encontrando su acomodo en la historia, de modo que es fácil acordarse de alguna producción bélica de la época. Aunque las más evidentes se encuentran en la aparición, más o menos frecuente, de libros y novelas con los que van encontrándose los personajes, así como citas y referencias a escritores y poetas relacionadas con el mar o los viajes. Una manera de ir dotando de un mayor contexto literario a la principal trama, que en muchas ocasiones avanza a trompicones ya que, al estar sustentada en la construcción paulatina de las relaciones entre los personajes, abusa en muchas ocasiones de los encuentros fortuitos entre ellos. También tienen lugar acciones que en alguna ocasión resultan algo forzadas, como motines, peleas, tiroteos, lances bélicos o traiciones. Y es que parece que todo tiene cabida en el estilo aventurero de Pratt, que sin embargo se queda siempre pegado a la realidad -salvo en una ocasión muy concreta, la culminación de una de esas escenas que ya he mencionado que no se sabe muy bien a qué obedecen y que tiene en su centro a Corto Maltés luchando por su vida con una serie de animales marinos que le atacan, como un pulpo de largos tentáculos o una ostra gigante-.
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| Portada de una edición anterior de La balada del mar salado, también de Norma Editorial |
He comentado en varias ocasiones la importancia de las relaciones entre personajes. Gracias a esas interacciones queda constancia de la personalidad de Corto: un buscavidas con experiencia de carácter afable con un cierto código de honor muy personal que no le impide ayudar a una joven pareja de adinerados australianos, los Groovesnore, aun y cuando eso vaya en contra de sus intereses más inmediatos. Pero que no teme recurrir a la violencia física cuando lo ve conveniente, aunque eso implique acabar con la vida de sus enemigos; ni echar mano del chantaje si eso le da la oportunidad de salir de una pieza de una situación comprometida -como acaba ocurriendo en el desenlace de este álbum-.
Merece la pena detenerse un momento en la contradictoria relación que le une a Rasputín, otro marinero buscavidas como él al servicio de El Monje pero que posee unos rasgos -pelo y barba hirsutos- y un modo de comportarse antagónico, con una tendencia mucho mayor a la violencia y la traición. Un personaje sin escrúpulos, introducido como un rival acérrimo del protagonista y al que sin embargo le une una especial relación de amistad y al que permanecerá ligado desde entonces según atestiguan posteriores entregas de la serie -como curiosidad, Pratt dejó entrever, en una de esas entrevistas ya comentadas, que Corto, una vez finalizados sus días de viaje, acabó residiendo junto a Pandora, la joven Groovesnore a la que toma bajo su protección en esta aventura, si bien es una de esas historias que, al menos hasta ahora, no hemos visto nunca dibujada-.
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| Versión animada de Corto Maltés en la adaptación de La balada del mar salado |
La balada del mar salado es una aventura de ambientación muy lograda y de desarrollo algo errático, que triunfa en la construcción de sus personajes y que ayuda a cimentar el mito de Corto Maltés, el eterno viajero misterioso y desapegado del que siempre queremos saber más, que va dejando amistades y amores allí por donde pasa y que nunca se detiene en el mismo sitio por nada ni por nadie, al menos no por mucho tiempo. El arte de Pratt en el dibujo ayuda a crear una atmósfera de respeto, cariño y añoranza por un tiempo pasado que no necesariamente fue mejor, pero que en su versión romántica se hace muy atractivo.
Una serie de ingredientes que convierten a Corto en uno de los personajes más queridos del cómic europeo -este primer álbum ganó el Premio a Mejor Obra Extranjera en Angoulême-, como prueba el hecho de que sus aventuras hayan encontrado una continuación por fin tras la muerte de su creador en 1995, ni más ni menos que en las manos de una pareja de artistas españoles: Juan Díaz Canales y Rubén Pellejero, que con Bajo el sol de medianoche recuperaron a este marinero del ostracismo en el que había permanecido por demasiados años -su última aventura databa de 1988 y esta nueva vio la luz en 2015-.
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| Acuarela de Corto Maltés a cargo de Hugo Pratt |








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