domingo, 26 de julio de 2026

La Odisea, de Christopher Nolan

 

Tenía mucha curiosidad por comprobar qué visión podía dar un director como Nolan de uno de los relatos más conocidos de la historia de la humanidad. No solo porque lleve tres mil años contándose, sino porque todavía es fácil encontrar nuevos acercamientos al mito –sin ir más lejos, hace apenas un año se estrenó en cines El regreso de Ulises, aunque en esta ocasión se centraba de forma exclusiva en la llegada a Ítaca del protagonista, dejando fuera todo elemento sobrenatural-.

¿Qué pasajes del poema original tomaría prestados para su propia película y cuáles descartaría? ¿Cómo conseguiría la fusión de sus inquietudes artísticas, sus fetiches y manías como director, con la historia que quería contar? Porque de lo que estaba completamente seguro es que el resultado final de La Odisea iba a ser cien por cien Nolan, con todo lo que ello conlleva. Y no me equivocaba.

Escena ambientada en Troya

Hay que reconocerle al director de la oscarizada Oppenheimer (2023) que es uno de los pocos que quedan que sigue concibiendo el cine como un gran espectáculo, un evento que merece disfrutarse en la mejor pantalla posible en detrimento de los festivales digitales que abundan en las plataformas de pago o las plantillas que se usan constantemente en las franquicias más lucrativas. Solo por eso ya se le podrían perdonar sus excesos, como la elección de la cámara IMAX y los 75 mm, que ha supuesto un terrible esfuerzo para buena parte de los actores, que solo podían rodar algo más de dos minutos y medio por toma, para que luego apenas existan cines en el mundo en donde puede proyectarse tal y como Nolan, y su director de fotografía, Hoyt van Hoytema, no lo olvidemos, también cómplice en todo esto, lo idearon.

La parte técnica luce a la altura de lo que se espera de una producción que ha costado doscientos cincuenta millones de dólares. Visualmente es una película muy interesante, con una gran variedad de exteriores y una apuesta creativa por lo artesano, cuyo rodaje visitó varios países y localizaciones diferentes a lo largo de tres meses -el vestuario y maquillaje, con un punto arriesgado, también es un elemento diferenciador en esta historia-. La música de Ludwig Göransson se funde con unos efectos sonoros muy conseguidos, aunque esta es sin duda la película de Nolan con un volumen de sonido más molesto de cara al público, llegando a producir dolor en muchos espectadores.

Anne Hathaway y Tom Holland interpretan a Penélope y Telémaco, esposa e hijo de Odiseo

Buena parte de ese presupuesto se ha ido en la contratación de un auténtico plantel de estrellas, muchas de las cuales ya habían trabajado con el director en películas anteriores. Todos están a un buen nivel: Damon, Pattinson, Anne Hathaway o Himesh Pattel. Lo mismo que las nuevas incorporaciones: un estupendo Tom Holland, Zendaya, Charlize Theron, Samantha Morton, Leguizamo o Jon Bernthal. Mención aparte merece el casting de Lupita Nyong’o o el de Elliot Page, que ya tuvo un papel destacado en Inception (2010), que han concentrado la mayoría de críticas negativas por una parte de las redes sociales, una estupidez que cuesta creer que todavía le pueda interesar a nadie.

Nolan opta por contar su historia de la manera desordenada en lo que lo hace el material original, empezando por Telémaco y la situación en Ítaca y volviendo la vista atrás. Utilizando mucho de lo que ocurrió en el final de la guerra de Troya y dejando fuera etapas del viaje del héroe como su encuentro con Nausicaä, la isla de los Lotófagos o la Bolsa de los Vientos. Para luego retornar al tiempo presente con la llegada al hogar y el enfrentamiento final con los pretendientes al trono. Eso deja para el grueso de la historia su encuentro con Polifemo, Circe, los lestrigones, Tiresias y, por supuesto, Calipso, previo paso por Escila y Caribdis y la isla de Helios, donde deben pasar la prueba del hambre.

Matt Damon como Odiseo al frente de sus soldados

Normal que la película se vaya a las tres horas de duración, aunque el ritmo es trepidante en muchos momentos y hay algunas secuencias realmente interesantes. El filtro de terror con el que Nolan rueda el encuentro con Polifemo, la conversación con los habitantes del Hades o la transformación a la que los soldados son sometidos por Circe ha sido toda una sorpresa. Los espectadores, literalmente, saltan en sus butacas. Algo que no resulta reñido con la épica y grandilocuencia a las que Nolan es tan dado en su discurso cinematográfico.

Matt Damon compone un héroe torturado, condenado a ver desaparecer a sus hombres en un viaje que tiene poco de aventurero y mucho de infernal. Forma parte de la visión de Nolan, que se reserva un gran momento de revelación y de sorpresa en el primer encuentro del rey con su esposa, cuando esta todavía le cree un vagabundo, un veterano de la guerra que le trae noticias de su marido, al que hace casi veinte años que no ve.

Más allá de su pericia técnica y visual, o de su capacidad para sacar adelante superproducciones de este calibre, cada vez más difíciles de encontrar, la reinterpretación de parte del mito de Odiseo que aquí hace Nolan, pasado a través de un filtro épico pero también oscuro, merece la pena por sí solo, aunque las diferencias con el original literario sean enormes en cuanto a caracterización del héroe. El resultado final no se resiente por ello; simplemente es una nueva visión de un personaje de sobra conocido que gustará más o menos, pero que es innegable que vale el precio de una entrada de cine.

El reino de los muertos


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