Miniserie de cuatro episodios realizada en su totalidad por el artista canadiense Kaare Andrews, cuyo primer número se publicó en febrero de 2007, justo cuando en la serie principal del lanzarredes, The Amazing Spider-Man, comenzaba el arco argumental Back in Black a cargo de J. M. Straczynski y Ron Garney. Es decir, en uno de los momentos de máxima popularidad del personaje, justo tras su paso por la Civil War.
Andrews es un artista
multidisciplinar que lo mismo escribe, dibuja o dirige sus propios cortos y
películas y cuyos variados intereses le han llevado a realizar todo tipo de portadas
e interiores para Marvel Comics, empresa con la que todavía colabora hoy
en día y con la que ha demostrado una enorme versatilidad en su estilo de
dibujo. En el momento en el que presentó su proyecto a la editorial se
benefició de la política de su Editor Jefe Joe Quesada, que confiaba plenamente
en los autores que contrataba.

Un entrado en años Peter Parker
Esto propició que Andrews le colara alguna que otra imagen o secuencia de lo más interesante, de esas que hacen pasarlo mal a los publicistas y abogados de la empresa -las pelotas de Peter Parker aparecieron por primera vez en la historia del personaje en una única viñeta, convenientemente censurada en posteriores reediciones-. Nada que resultase escandaloso de por sí, aunque sí novedoso, como un anciano protagonista teniendo sueños eróticos.
Es una de las características
de una obra a la que acompañó cierta polémica, sobre todo por la comparación,
tan innecesaria como inevitable, con El regreso del Caballero Oscuro. El
cómic de Frank Miller no es solo uno de los más influyentes de la historia del
medio porque marcó un antes y un después en la forma de acercarse a Batman,
sino por una serie de recursos gráficos y narrativos que muchos autores tomaron
prestados a partir de entonces, mientras que otros los utilizaron como
referencias directas u homenajes. La labor de Andrews, tanto en la escritura
como en el tablero de dibujo, se sitúa a medio camino de ambas, de forma que es
imposible no acordarse de la mítica obra de los años ochenta y sin embargo
tiene algunas características propias que la hacen reconocible, principalmente la
descripción de Peter Parker, en las antípodas del Bruce Wayne ya retirado de
Miller.

El avejentado Spiderman de Kaare Andrews
El Reino es el nombre que ostenta la policía de una Nueva York futura cuyos habitantes han entregado el poder a un alcalde todo sonrisas que promete la tan ansiada seguridad en sus calles a cambio de una importante dosis de libertad. Un viejo debate que se adereza con los tópicos del Universo Marvel, con héroes y villanos declarados ilegales, de tal forma que los únicos que pueden llevar máscara son los policías fascistoides que se encargan de la protección del ciudadano, con un desproporcionado e irresponsable uso de la violencia. En un momento en el que el proyecto estrella del alcalde se dispone a tomar forma -una red de protección que aislará la ciudad de Nueva York del resto de los Estados Unidos-, un al borde del colapso físico Jonah Jameson regresa de las montañas cual Spider Jerusalem con el único propósito de levantar a las masas y de paso convencer al único superhéroe que cree que todavía podría hacer algo: un retirado Peter Parker, consumido en su viudedad, que vive de manera precaria en el peor futuro imaginable, solo, sin trabajo ni dinero y devorado por la culpa, en una caracterización de lo más triste y extrema de la tan conocida suerte Parker.
Andrews apuesta por viñetas apaisadas, una estructura que aun así deja de lado en algunas ocasiones y un acabado digital que nos ofrece desde figuras más estilizadas a otras más caricaturizadas. Hay que reconocer que la narrativa no es precisamente su fuerte y que como guionista de cómic todavía era un principiante, con mucho margen de mejora. Pero es innegable que Reino alberga en su interior un buen puñado de ideas muy potentes -como el envenenamiento por radiación-, así como varias imágenes de las que quedan en la retina -lo del Doctor Octopus cadáver arrastrado por sus cuatro brazos mecánicos sería una de ellas-. Andrews da su visión de otros villanos del trepamuros como los Seis Siniestros y se atreve a plantear un Spiderman capaz de hacer cosas poco reconocibles -digamos que no tiene el apego por la vida de su contrapartida de la tierra 616-. Escenas de cierta crueldad, como la aparición de Kingpin, conviven con un uso manipulador y despiadado de los medios de comunicación, una idea que toma de Miller pero que resulta tan de actualidad que se le perdona. También aporta algún diseño extremo en una historia en general oscura y triste, descorazonadora, que además tiene un importante protagonismo de unos niños pequeños abandonados.
Su secuela, a cargo del mismo
autor, comenzó a publicarse en 2024 y acaba de ser editada en nuestro país.
Todavía no la he leído, pero tengo curiosidad, sobre todo por descubrir cómo ha
evolucionado el dibujo de un artista que desde sus mismos comienzos demostró cierta
tendencia al cambio de estilo.
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| Peter Parker es, ¿Spiderman? |


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