Se cumplen veinticinco años de la publicación de una de las historias más famosas de uno de los escritores españoles más leídos en la actualidad. Un auténtico fenómeno de ventas que situó a su autor de manera definitiva en el complicado mapa literario español, pese a tratarse de su cuarta novela, y que desde entonces ha sido publicada en todo tipo de formatos, desde el clásico de Tusquets, su editorial original, al último y renovado con motivo de su aniversario por parte de Random House. En estos años también ha sido adaptada a otros medios como el teatro; el cómic, con los lápices del malagueño José Pablo García, y de la mano de Reservoir Books; o el cine, con David Trueba a los mandos y Ariadna Gil, Diego Luna o María Botto entre el reparto, que acabó siendo nominada a un buen puñado de Goyas y llevándose uno a casa a Mejor Fotografía.
Traducida a innumerables idiomas y reconocida a nivel de crítica tanto nacional como internacionalmente, Soldados de Salamina es también una de las novelas más importantes en español del siglo XXI. Y no solo por la admiración que ha despertado, o por sus estupendas cifras de ventas, sino porque es un título reconocible por cualquier lector, incluso por aquellos que no leen o no se han topado todavía con la literatura de Cercas.
En Soldados de Salamina su autor se acerca a una figura esencial para entender la Guerra Civil española, aunque, al menos para mí en el momento en el que leí la novela por primera vez, me era totalmente desconocida. Se trata de Rafael Sánchez Mazas, fundador de la Falange y Ministro de Franco, cuyo periplo vital hubiera sido muy diferente -en realidad, mucho más corto- si en esos momentos de final de la guerra, con los nacionales avanzando hacia tierras catalanas, cuando los últimos reductos de la resistencia republicana se replegaban y enfilaban hacia la frontera francesa, no hubiera no solo sobrevivido a un pelotón de fusilamiento, sino que en su huida desesperada fuera perdonado por un miliciano anónimo que lo dejó marchar, permitiéndole hallar refugio en la zona merced a la caridad de varios de los habitantes de los pueblos y masías cercanos.
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| Portada de la adaptación al cómic de la novela Soldados de Salamina |
Sánchez Mazas fue uno de los ideólogos del fascismo en España, cuyas influencias importó desde Italia, donde estuvo viviendo como corresponsal de ABC. Aunque sus logros como parte del ejecutivo franquista son poco más que inexistentes, su fama como periodista, poeta y escritor le permitieron ganarse la vida de forma cómoda y desahogada. A todas luces se trata de un personaje, por muy determinante que fuera para la historia de nuestro país, algo gris a ojos de un novelista, por mucho tratamiento de ficción que se le dé.
La solución de Cercas para contar no solo la historia de Mazas, a partir de un hecho real documentado y de sobra conocido, que aquí sí, hay que reconocer, tenía un enorme potencial literario, sino de reivindicar la memoria republicana, es a través de una historia que transcurre en el tiempo presente, protagonizada por un sosias de sí mismo, que se llama igual que él, tiene rasgos de su personalidad e incluso apariencia, pero que no es él, y que inicia una investigación periodística sobre Mazas y su escapada milagrosa con el objetivo de completar una novela -que se llamará, cómo no, Soldados de Salamina-.
Un estilo literario en el que se mezcla la realidad con la ficción, donde el autor se mete a sí mismo como personaje, o al menos un personaje que se parece mucho a él mismo, y en el que van apareciendo otros reales tanto históricos como actuales, como por ejemplo Sánchez Ferlosio, hijo del propio Rafael Sánchez Mazas o Roberto Bolaño, laureado escritor chileno que murió de forma prematura en Barcelona en 2003 a la edad de cincuenta años mientras esperaba un trasplante de hígado.
Con el paso de los años, Cercas ha seguido trabajando en esta particular forma de narrar, siendo hoy en día una de sus características más reconocibles como escritor, con esa ambigüedad lograda a la hora de mezclar ficción y realidad -esas conversaciones que tiene su alter ego con personas reales le acompañarían en muchas de sus historias futuras. Por ejemplo, en El impostor, en donde aparecía el propio David Trueba, amigo personal de Cercas-.
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| Cartel de la película Soldados de Salamina |
Soldados de Salamina es también la historia de una búsqueda. De la verdad, sí, pero sobre todo de una persona, visto lo visto, extraordinaria; y de las motivaciones que le llevaron a hacer lo que hizo. También es, hasta cierto punto, un proceso de catarsis para el propio Cercas, que pone buena parte de su experiencia en la novela. No solo aprovecha situaciones que a él mismo le ocurrieron en realidad -antes de su redacción, Cercas ya había escrito en varias ocasiones sobre el tema, lo mismo que le ocurre a uno de los protagonistas de la historia, que en la ficción es periodista, cuando Cercas en esos años todavía era profesor universitario-, sino que también recupera viejos sentimientos para imbuir con ellos a su creación, ya que en ese momento se encontraba pasando por un periodo complicado desde un punto de vista creativo. Por todo esto, la elección de la primera persona para contar la novela parece la más lógica y apropiada.
También merece la pena destacar el sentido del humor que aquí y allá va apareciendo cada pocas páginas, sobre todo con el personaje de Conchi, la novia pitonisa en la ficción de Cercas. Lo que le da otra capa de irrealidad a lo que se está contando. Y es que la ambigüedad, incluso en el desenlace de la historia, es una de las facetas más destacables de la novela.
Leí Soldados
de Salamina hace años y ahora la he vuelto a releer, casi por casualidad,
por primera vez desde entonces. Ya la disfruté mucho en su momento y ahora no
ha sido diferente. Fue el libro que me descubrió a su autor y desde entonces le
he sido bastante fiel, leyendo poco a poco todo lo que va sacando -aunque a un
ritmo mucho más lento de lo que me gustaría-. A Cercas este libro prácticamente
le cambió la vida, ya que le permitió centrarse de lleno en su carrera como
novelista, dejando de lado la parte de la enseñanza. Son apenas poco más de
doscientas páginas, pero es un ejemplo inmejorable de un estilo propio que
desde entonces ha desarrollado en diferentes direcciones. Una de esas novelas
que se disfrutan enormemente, que atrapan al lector y que le hacen enamorarse
de un autor.



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